La cultura como ensayo
Por Álvaro Marín
Los pavorosos acontecimientos del país en los últimos tiempos, más allá de ser la impronta propia de la guerra y la intervención extranjera, son los signos de una nación todavía en proceso de fundación. La vieja Colonia fue un proceso que no terminó de consolidar las regiones cuando ya habíamos incursionado con La Independencia en los entretelones del sistema mundial, y de ese contrapunteo entre la singularidad continental y las corrientes “universales” surgieron en buena parte los más álgidos de nuestros conflictos, hoy todavía no resueltos.
Las contradicciones internas que resquebrajan las estructuras del país, son fallas de origen, profundos abismos difíciles de salvar sin un proyecto común. Vivimos todavía el proceso de fundación, la transición permanente; fundar es crear, eso lo sabemos desde el nacimiento continental. Somos una cultura en proceso, con todas las dificultades, confrontaciones, violencias y desgarramientos que comporta tal condición. Muchas de nuestras regiones todavía no se conocen entre sí, no tienen sistemas de intercambio más allá de los lazos formales de la institucionalidad ¿Qué hay entre un marítimo hombre de la Costa Caribe y el llanero que habita una tierra sin fin, qué entre el altivo andino y el serpenteante indígena de la manigua? Esa incomunicación nuestra es el resultado de siglos de intervención extranjera, vivimos más comunicados con la Casa Blanca que con la Maloca de nuestras culturas ancestrales.
Nuestra diversidad no es en sí misma un conflicto, pero ha sido usada para abrir abismos, para separar, dividir y fragmentar. Es el momento para que este pueblo diverso se mire a sí mismo, se reconozca, para que traduzca e interprete sus diferencias y las asimile; pues el elemento común del colombiano es precisamente la diferencia, la singularidad. El colombiano es un ensayo de la cultura del mundo, allí radican al mismo tiempo su fuerza y su vulnerabilidad. Su difícil entorno, sus contrapunteos interiores, muchas veces inconscientes, su temperamento reactivo, y la incendiaria estructura de nuestra conformación social, preparan al hombre colombiano para asumir la más ardua de las tareas de todo pueblo que es la construcción de un país ya que el que tenemos ha demostrado sus profundas fallas estructurales. La construcción de una salida pacífica para Colombia es tan intrincada y llena de riesgos como el largo camino de la guerra que hemos emprendido, queda a las generaciones presentes y venideras la no muy fácil tarea de la creación del hombre colombiano y la construcción de su casa.
Colombia es uno de los países que a pesar de todas sus dificultades, o precisamente por ellas, está llamado a construir, al lado de sus vecinos regionales y en la búsqueda de un sentido propio, un camino para esa fuerte corriente cultural y política latinoamericana aplazada por siglos de intervención.
Álvaro Marín es poeta y ensayista. Nació en Manzanares, Caldas, Colombia, en 1958. Zootecnista de la Universidad Nacional de Bogotá, Hechizado por la poesía de César Vallejo y Miguel Hernández publicó su primer poemario Jinete de Sombras en 1992, destacado en el concurso convocado por la Casa de Poesía Fernando Mejía Mejía, de Manizales. Ha publicado. Recibió otro reconocimiento en poesía al ser destacado su libro: Noche líquida en una convocatoria latinoamericana del Festival de Poesía de Medellín. Publicó en 1997 La brújula no quiere marcar más el norte —ensayos sobre cultura, política y literatura, 1996. Al presentarlo en una serie de nuevos creadores colombianos el editor del Magazín Dominical de El Espectador, Juan Manuel Roca, dice: «Como ensayista ha dado muestras de gran agudeza. Creemos que se destaca, entre los autores nacidos a partir de 1950, como serio investigador de carácter independiente: no gusta de la siesta del rebaño. El sabe, como en el borgesiano cuento de Ulrika, que ser colombiano es un acto de fe, aunque para muchos, sea un acto de mala fe». |