Debate |
Septiembre 2 de 2007 |
Reflexiones para la consolidación y actuación
del movimiento de intelectuales y artistas
Por la paz en colombia
Introducción
Como creadores de cultura nuestro objetivo es realizar y realizarnos en obras de carácter integral y esencial que interpreten la realidad que vivimos, profundizándola, enriqueciéndola y orientándola en sus significados más fecundos para así contribuir a la superación colectiva de la barbarie y el atraso que todavía entraban y ensangrientan la evolución del proceso histórico de Colombia.. De ahí que ninguna actividad creadora pueda aislarse en su especialidad, so pena de empobrecerse y esterilizarse, sino que a través y mediante los elementos y formas que le son propios, debe aspirar a la realización más fecunda y significativa posible de la obra en cuestión para lograr una trascendencia y una universalidad. Pero como la realidad es, por principio, infinita, le es preciso al creador seleccionar y asumir temas y formas a partir de la circunstancia que le fue dada, y dentro de la historia que le ha tocado vivir en un país y en una época determinados.
Nuestra formación y de-formación surgen entonces en una situación concreta que no elegimos y que condiciona el fluir de vivencias que constituyen los procesos de nuestra existencia. ¿Hasta qué punto y en qué medida podemos ser creadores en ese contexto no elegido y determinante? La respuesta más satisfactoria a esta pregunta la pueden dar sólo las obras de cada cual pero necesitamos clarificar un criterio a priori no sólo para poder lograr un dominio mayor en lo que hacemos, sino para evaluar el resultado, es decir, la capacidad que alcanza una obra de interpretar y trascender las experiencias que le sirven de base e inspiración.
Como humanistas consideramos que todo aquello que contribuya al mejoramiento y superación de la Especie, constituye el criterio fundamental válido para juzgar la concepción ética y estética de cualquier obra. Y es aquí donde comienzan las dificultades y la discusión concreta sobre esta cuestión porque surge, a su vez, la pregunta sobre qué consideramos específicamente como mejoramiento de la Humanidad, interrogante que nos remite inmediatamente a la investigación y comprensión de la historia que vivimos.
La Conquista y la Colonia
Como colombianos e hispanoamericanos somos conscientes de que hasta ahora, y mayoritariamente, no hemos podido ser sujetos, sino más bien objetos de la historia, lo cual se podría interpretar como que hemos vivido en la prehistoria. Sería tarea especializada y ardua, describir y aclarar ese proceso en su complejidad concreta y, por razones obvias, sólo podemos plantear aquí inquietudes generales pero que pueden ayudar a abordar los problemas que plantea nuestro devenir y a fomentar una auténtica investigación del mismo. Ante todo, es preciso aclarar que nuestra historia no comienza con la conquista española, sino que antes de ella hay una historia primigenia y peculiar, de muchos siglos, todavía bastante desconocida e ignorada, y que fue vivida por los primeros habitantes y dueños de estas tierras. Esa historia la vivieron los aborígenes (dentro de sus posibilidades elementales) como sujetos y no como objetos del proceso que les correspondió enfrentar, hasta que vinieron los españoles. A partir de ese momento, comienzan las deformaciones de ese devenir (antes relativamente pacífico y humanizado) como muy acertadamente lo muestra, entre otros, el historiador Armando Suescún en su libro Derecho y sociedad en la historia de Colombia. La historia oficial que se nos enseña, pretende que todo comenzó con los españoles, y así lo dice el expresidente Alfonso López Michelsen con crudeza, cuando pretende que con la Conquista “comenzó a difundirse entre nosotros los (sic) beneficios de la civilización cristiana, y cuando de un pueblo bárbaro, compuesto de indios desnudos, antropófagos y polígamos, la sociedad de esta parte de América comenzó a transformarse en una organización cristiana y democrática en donde al poder del omnímodo cacique se sustituyó el poder del derecho público” (1).
En esas pocas frases está expresada, en forma típica y muy representativa, la manera de pensar del Establecimiento sobre el origen de nuestro proceso histórico. Se dan por sentadas varias premisas que la realidad objetiva desmiente, pues no sólo no se implantó el cristianismo verdadero y originario, que es fundamentalmente una doctrina de amor activo y tolerancia (expresados a veces mítica e ingenuamente, como sólo podía ocurrir en esa época remota) sino que tampoco se trataba de pueblos que se puedan reducir a la barbarie y a la antropofagia. Ya son varios y muy valiosos los historiadores y sociólogos colombianos de avanzada que (a más del ya mencionado y citado) han investigado y refutado la ignorancia y las tergiversaciones sobre la vida de los aborígenes, como son Guillermo Hernández Rodríguez, Miguel Triana, Juan Friede y Luis Duque Gómez, entre otros. Hasta ahora empezamos a tener certeza sobre la importancia de las sociedades aborígenes y, ateniéndonos a las más representativas, sabemos que fueron culturas muy avanzadas en su concepción de las relaciones humanas, si se tiene en cuenta su sentido admirable de la justicia distributiva de los bienes necesarios a la sobrevivencia, su intuición poética de la ecología en el modo de explotar la naturaleza y de cultivarla, y su concepción de una libertad bastante equilibrada en sus relaciones amorosas. Eran sociedades extremadamente sencillas y de conocimientos muy escasos pero pueden todavía enseñarnos en lo que se refiere a sentimientos de justicia y humanidad y en muchas de sus expresiones artísticas. Esa afirmación se hace mucho más patente si salimos de nuestro territorio y pasamos al conocimiento de civilizaciones aborígenes más evolucionadas, en otros territorios de América, como son las de los mayas, aztecas e incas.
La creencia apriorística de que la civilización española era superior en todos los órdenes, comienza con los pre-juicios racistas y con los dogmas religiosos predominantes en la metrópoli que (con contadas excepciones) consideraban a los indios como otros tantos bienes naturales, disponibles y utilizables. Esa concepción es ostensible en la Bula del papa Alejandro VI, quien con arrogancia inaudita dona “a perpetuidad… todas y cada una de las tierras… antes desconocidas, y las descubiertas hasta aquí o que se descubran en lo futuro” a los reyes de Castilla y León y sus sucesores. Es la donación de todo un continente, aún desconocido en su mayor parte, con sus incalculables riquezas y lo que la Iglesia oficial consideraba rebaños, apenas humanos, sin el menor escrúpulo o duda sobre el hecho de que estaba donando algo colosal que no podía pertenecerle y que se estaban atropellando los intereses y las culturas de millones de hombres que habían nacido y laborado allí desde tiempos inmemoriales.
Luego, los conquistadores funden, en una sola, a la cruz de la espada y a la de la Inquisición (como muy significativamente aparece en la estatua de Jiménez de Quesada en Bogotá) e inician el saqueo, la tortura y las masacres en busca de oro y demás riquezas naturales, apoyados y justificados, en la mayoría de los casos, por clérigos fanáticos que, a su vez, destruían sin contemplaciones la cultura de los nativos para imponer la religión católica. Desde el comienzo, esa avidez de riquezas materiales predomina en forma deshumanizada, y es el mismo Descubridor, Cristóbal Colón, quien escribe a los Reyes Católicos: “Pueden ver sus altezas que yo les daré oro cuanto hubieran menester, con muy poquita ayuda que sus altezas me darán: agora especiería, algodón y esclavos cuanto sus altezas mandaran cargar” (2).
Sin embargo, sería necio desconocer los enormes aportes, en todos los órdenes, que con el tiempo trajo la Conquista Española (muchas veces en forma inconsciente y a pesar de sus bárbaras intenciones) empezando por la lengua y continuando con la imprenta, la arquitectura, las artes, y, en fin, todos los aportes de una cultura muy desarrollada, en comparación con la de los nativos, especialmente en instituciones como las de la Expedición Botánica, las bibliotecas, universidades y colegios, fundados por los jesuitas y otras comunidades religiosas, en la etapa de la Colonia. Pero aún en estos casos, la tendencia predominante no fue la de buscar una integración y asimilación de las culturas indígenas (lo cual hubiera exigido su estudio y comprensión desde una actitud autocrítica objetiva y tolerante) sino que, de hecho, se superpuso (con ínfulas de absoluta superioridad que no tiene nada qué aprender) la cultura venida de ultramar a la existente en estas tierras, aplastándola, ignorándola y suplantándola. Más aún, con mucha frecuencia no se la consideró como cultura, sino como manifestación demoníaca, baja y animal que había que reprimir y vituperar o, al menos, ignorar olímpicamente. Es esta última actitud, la del importante político y escritor conservador, Álvaro Gómez Hurtado, cuando escribe: “América fue, desde un principio, una entidad histórico-geográfica para ser hecha. No se trataba de apropiársela, ni de mezclarse con ella, ni de influir en su evolución. Todo esto hubiera presupuesto su existencia. De lo que se trató siempre fue de crearla. Al descubrir el Nuevo Mundo lo que se encontró fue la tierra, el espacio geográfico apropiado para el maravilloso y cautivador ensayo de construir una civilización. Era un espacio vacío de formas culturales, en el que existían las materias primas – humanas y geológicas – indispensables para garantizar la viabilidad del experimento” (3).
Contra esas concepciones deshumanizadas de la abrumadora mayoría de los conquistadores, se estrellan algunas leyes emanadas de la Corona española y algunas proclamas y gestiones de predicadores católicos, en defensa de los indígenas, logrando modificar, apenas superficialmente, los hechos y costumbres que se habían afianzado gracias a una estructura neofeudal de la tenencia de la tierra y de la propiedad, así como de la organización política autoritaria o dictatorial, y de las jerarquías racistas que regían las colonias.
La Independencia y la frustración de la República
La Independencia no logró cambiar radical y efectivamente esa estructura. La idea de auténtica independencia y desarrollo autónomo fue defendida por una minoría de próceres, encabezados por Antonio Nariño y Simón Bolívar. Nariño intentó como presidente del estado de Cundinamarca, hacer una reforma agraria (entre otras iniciativas) y Bolívar propuso varias reformas, entre ellas la constitución de la Gran Colombia y una de carácter ecológico, por la cual se protegían los recursos naturales. El general Santander, quien inicialmente colaboró con eficacia a la organización del ejército libertador, fundó una fracción política que se mostró progresivamente adversa a las reformas del libertador y a su grandioso proyecto de la Gran Colombia, el cual hubiera dado origen a una eventual potencia de influencia mundial (4). De modo que Nariño y Bolívar no pudieron ser comprendidos, y fueron perseguirlos y vencidos por una oligarquía que reclamaba básicamente una igualdad en privilegios con los españoles, y que ante el hecho prodigioso de las victorias de Bolívar y de su ejército popular, se aprovechó de ellas para mantener en lo posible sus privilegios parasitarios, en el esbozo de república que pugnaba por nacer. El asesinato de Sucre (el más idóneo heredero de Bolívar) y la prisión y las calumnias que hubo de soportar Nariño, sellaron esa gestión magna de nuestros más eximios próceres, que quedó como una exigencia tácita y un legado para las luchas de liberación en el futuro.
Es así que en esa época crucial no pudo surgir una burguesía moderna (amiga del estado laico, de la ciencia, de la industria, la prensa crítica y las discusiones parlamentarias, del capitalismo dinámico que tecnifica y hace productivo el campo) sino que se entronizó una clase oligarca, latifundista, especulativa y rentista, católica ortodoxa y heredera del atraso español, el cual también se ha debido, fundamentalmente, a la falta de una burguesía moderna, suficientemente desarrollada. Esos hechos determinaron, a su vez, el afianzamiento de prejuicios sobre el trabajo productivo y una actitud predominantemente hostil a la investigación libre y a la crítica científica y objetiva. Porque es evidente que la cultura española se caracterizó, en su conjunto, por no haber creado una tradición científica ni filosófica, en el sentido innovador y fundador. No encontramos en su historia, científicos de la talla de un Galileo, un Newton o un Einstein, ni en el campo del pensamiento, filósofos de la importancia decisiva de un Descartes, un Hegel, un Kant, o un Marx etc.. Además, las más avanzadas manifestaciones de la cultura artística española (excepcionalmente fecunda en las artes plásticas y la literatura) no fueron precisamente las que arraigaron en nuestros países (al menos lo suficiente para impulsar un renacimiento) debido a que los protagonistas de la Conquista y de la Colonia fueron, en su abrumadora mayoría, aventureros a la caza de riquezas o clérigos fanáticos que implantaban la censura, cuando no la inquisición.
Encontramos en el posterior arraigo de esa pesada herencia, las raíces más hondas de las variadas formas de violencia que, casi sin interrupción, caracterizan al proceso pre-histórico colombiano. La sobrevivencia del latifundismo (y el gamonalismo político y la rapiña que son sus secuelas) así como del fanatismo religioso y la resistencia a liberalizar efectivamente las instituciones y costumbres políticas y sociales, sustentaron en gran parte las decenas de guerras civiles que se suscitaron en el siglo XIX.. Las teorías de los intelectuales y políticos radicales como Manuel Murillo Toro (dos veces presidente), Santiago Pérez (una vez presidente), Felipe Pérez, Felipe Zapata y Manuel Ancízar, fueron admirables, especialmente en el campo de la educación, e incluso cuando tuvieron el poder lograron implantar por un tiempo, el divorcio, el estado laico y una avanzada libertad de expresión, pero nada de eso pudo afianzarse, debido a que, como buenos idealistas, los radicales no cambiaron la estructura económica en un sentido popular y democrático y sus ideas fueron derrotadas por los poderes determinantes. En política los radicales fueron federalistas (sin pensar que así favorecían la división en grandes feudos político-económicos, del país de entonces) y en economía, librecambistas, con lo que arruinaron buena parte de las nacientes industrias nacionales, como lo analiza el historiador Indalecio Liévano Aguirre. En cuanto al general T. Cipriano de Mosquera, logró ir más lejos (en sus cuatro presidencias) que los radicales, puesto que la Amortización de los Bienes de Manos Muertas fue un intento efectivo de comenzar a cambiar los poderes establecidos, modificando las estructuras semifeudales de la propiedad, pero el poder abrumador de las fuerzas conservadoras terminó por anular esas conquistas. De Mosquera quedó, sin embargo, el proyecto de fundar la Universidad Nacional que luego pudo realizar la presidencia del General Santos Acosta y, décadas después, profundizar y ampliar, Alfonso López Pumarejo.
Constatamos así que en la historia del siglo XIX colombiano, las fuerzas que intentaron el cambio efectivo fracasaron de manera considerable, y ese dramático resultado culmina, para ese periodo, en dos acontecimientos: el afianzamiento del poder de la Iglesia en el gobierno de Rafael Núñez, mediante la constitución de 1886, que efectivamente centralizó y unificó el país y modernizó el sistema monetario (lo cual fue un avance importante en la constitución de la nación colombiana) pero que, en última instancia, conservatizó el proceso y restauró la censura, acabando además con los avances conquistados por Mosquera; y la derrota de los ejércitos liberales comandados por Uribe Uribe, en la Guerra de los Mil Días.
Acentuación de la violencia
El país entró así al siglo XX, desde un punto de vista formal y cronológico, pero no efectivamente con un cambio estructural. Esa meta no se buscará (al menos como un comienzo prometedor) sino hasta el triunfo del liberalismo, a partir de la presidencia de Olaya Herrera (en la que la situación de la mujer y de la libertad de expresión, mejoraron ostensiblemente) y, en especial, con las radicales reformas que logró, en el campo laboral y en el de la educación, la llamada Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo. Más que de una revolución, se trató (en esos seis años de dos periodos presidenciales) de hacer las reformas que corresponden a un estado burgués y liberal moderno. Pero se volvió a subestimar la necesidad de cambiar en forma suficientemente consecuente, y equilibrar la correlación de fuerzas en la economía para sustentar la implantación de una democracia política y social perdurable, y faltó, otra vez, dar un impulso más riguroso y sistemático a las organizaciones populares y culturales (y a su debida institucionalización) aunque el gobierno de López Pumarejo favoreció notablemente la iniciación de un sindicalismo operante, democratizó y amplió la Universidad Nacional y sentó las bases para un código laboral de vanguardia. Pero sus debilidades fueron aprovechadas por las tendencias oligárquicas de los dos partidos tradicionales, las cuales obligaron a renunciar a López, cuando su gobierno progresista apenas estaba comenzando la modernización del país.
Desde ese aciago momento comienza, progresiva y rápidamente, el derrumbe de las importantes conquistas liberales, a pesar del extraordinario esfuerzo que para detenerlo y hacer avanzar el proceso, hace el movimiento fundado por el gran líder Jorge Eliécer Gaitán, uno de los pocos y auténticos representantes de los intereses populares en la historia de Colombia.
Ya para esos años, las intervenciones con tendencias imperiales de los gobiernos de Estados Unidos se habían puesto cada vez más en evidencia, después del zarpazo con que se robaron a Panamá en 1903 (5). Desde la iniciación de la república fue ostensible la incapacidad de las oligarquías colombianas para organizar una economía fuerte y autónoma y una política internacional inteligente y audaz. Progresivamente, la potencia creciente de Estados Unidos y su democracia ambiciosa y eficaz, fueron imponiendo (con la anuencia de la mayoría de los gobiernos colombianos) las condiciones de un intercambio comercial oneroso, así como condiciones políticas favorables a su dominio de Latinoamérica y el mundo. En el siglo XX esa tradición lesiva para nuestro desarrollo democrático se consolidó después del triunfo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial. Las intervenciones en nuestra política interna se hicieron desembozadamente y se pusieron en evidencia trágica con el asesinato de Gaitán, que sirvió como pretexto a la Conferencia Panamericana que se celebraba en ese momento en Bogotá, para prohibir los partidos marxistas en todo el continente y para legalizar la sangrienta persecución a toda oposición democrática, que en Colombia se inicia con el genocidio de los días siguientes al 9 de abril. Es entonces cuando comienza la institucionalización de una violencia sistemática, organizada y financiada por los centros de poder, y reforzada por la conservatización acelerada y oficial del Liberalismo. La oligarquía liberal había preferido la división suicida, antes que apoyar el triunfo de Gaitán, y después de su asesinato (en el que la asesoría de la CIA quedó en evidencia con el transcurso de los años) el partido conservador toma las riendas e impone su ley (ya con características fascistas, mediante organizaciones paramilitares como las de Los Chulavitas y Los Pájaros). Surgen entonces las guerrillas liberales y comunistas, las cuales adquieren tal poder que empiezan a desmoralizar al ejército y presionan a las oligarquías liberal y conservadora, a derrocar a Gómez y Urdaneta Arbeláez con el golpe del 13 de junio de 1953, del general Rojas Pinilla. Pero cuando Rojas intenta hacer populismo al estilo de Perón y pretende la reelección, es derrocado por una huelga patronal, organizada por Lleras Camargo.
El Frente Nacional legaliza una hábil dictadura de las dos oligarquías, al prohibir el acceso al poder a la oposición democrática, y el asesinato sistemático de los líderes y miembros de sindicatos obreros y organizaciones campesinas de carácter reivindicativo, complementa esa aniquilación planificada, que culminará más adelante en el genocidio de la UP, una organización política de diversas corrientes de izquierda que se había propuesto alcanzar el poder político por medios electorales y pacíficos. La agresión contra esa organización se hace selectiva y sistemática y alcanza, en pocos años, la cifra de cuatro mil dirigentes y dos candidatos presidenciales (Pardo Leal y Bernardo Jaramillo) asesinados, enterrando así (para muchos años) las esperanzas de paz y superación histórica.
Después de que se cumple el largo plazo del Frente Nacional, el general Rojas Pinilla vuelve a plantear su candidatura presidencial con un programa relativamente progresista pero el presidente liberal Carlos Lleras Restrepo propicia el fraude valiéndose de su ministro de gobierno, “el Tigre” Noriega, decreta el toque de queda y sienta en la silla presidencial al conservador Misael Pastrana. La oligarquía de ambos partidos tiene miedo de que el poder omnímodo que le había garantizado el Frente Nacional, le sea arrebatado por una restauración democrática moderna, y entonces sus sectores más retrógrados propician otra vez, astuta y subrepticiamente, la organización de fuerzas criminales que primero son clandestinas como la Mano Negra y la tecnificación del sicariato, pero que progresivamente se van oficializando en entidades como las llamadas Autodefensas, que se convierten rápidamente (ya con el patrocinio – más o menos embozado – de algunos sectores del ejército y parte de algunos ganaderos y empresarios) en el Paramilitarismo. Se reanudan las campañas punitivas en zonas que se consideran peligrosas por supuestas conexiones con la guerrilla e incluso (como se ha puesto en evidencia) contra partidarios de un cambio efectivo y pacífico. El liderazgo de Álvaro Uribe Vélez, aglutina estas fuerzas de extrema derecha desde su desempeño como gobernador de Antioquia y como director de la Aeronáutica Civil. Esas fuerzas mercenarias son apoyadas internamente por los sectores ya señalados, y desde Estados Unidos por sectores poderosos del gobierno de Bush y del Partido Republicano, y son ellas las que consiguen para Uribe la presidencia con plenos poderes. Uribe establece una sistemática y reforzada represión que llama la Seguridad Democrática, congela y rechaza los esfuerzos (en gran parte fallidos) del gobierno de Andrés Pastrana por llegar a un acuerdo con las fuerzas insurgentes, aumenta sucesivamente los presupuestos de guerra (apoyado por el Plan Colombia, que financia Estados Unidos) y, secundado por astutas campañas de la gran prensa y la televisión, crea la ilusión (en la mayoría) de que es posible pacificar el país y garantizar la seguridad de los poderosos, mediante métodos fundamentalmente represivos. Se satanizan los sectores de oposición y se logra la reelección de Uribe, apoyándose (sobre todo en provincia) de la acción intimidatoria del Paramilitarismo, de los sobornos y gabelas que otorga el gobierno y de la cuantiosa inversión de millones de pesos en la campaña electoral. Pero como durante esos primeros cuatro años se atendió, casi exclusivamente, a la consolidación tramposa o violenta del Capitalismo Salvaje y se descuidaron y relegaron los problemas político-económicos y sociales que exigen una democratización en todos los órdenes para empezar a superar la monstruosa cifra de 26 millones de colombianos marginados, la de 3 millones de desplazados que inundan las ciudades, una desocupación que oscila entre un 20 y un 25 %; como se ignora la angustiosa estadística de una economía que, en un 50 %, aproximadamente es informal; como el presupuesto de guerra y el pago de la deuda a Estados Unidos, con intereses exorbitantes, se intensifican, y como se afianzan las características de una política que favorece el parasitismo y el semifeudalismo sobre todo en el sector agrario, el segundo periodo de Uribe se inicia con una tendencia al estancamiento, a la institucionalización de la pobreza y de los negociados y especulaciones monopólicas, todo lo cual redunda en una falta de futuro para las mismas clases altas, en la medida en que están, potencial o efectivamente, amenazadas por una población famélica o menesterosa, y por una falta de oportunidades para progresar y realizarse, que afecta incluso a los profesionales y técnicos de las clase medias y altas, y, en general, a la vida cultural del país.
Consecuencias y conclusiones en el área específica de la cultura
En el proceso histórico esbozado, llama la atención que, casi sin excepción, las tendencias retardatarias logran frustrar los intentos de cambio. Así sucedió en la Independencia, luego en el Movimiento Radical, después en el comienzo prometedor de los primeros gobiernos liberales, a continuación en el magnicidio de Gaitán y la violencia generalizada que vino luego y que desembocó en la dictadura legalizada del Frente Nacional, en la frustración del MRL de López Michelsen, y la traición de éste en el poder a los anhelos del movimiento; más adelante con el magnicidio de cuatro jóvenes candidatos presidenciales de la oposición democrática (Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Galán y Pizarro Leon-Gómez) el genocidio de la UP, el restablecimiento del Paramilitarismo y una descomposición y desmoralización sin precedentes, en el gobierno actual.
Esas frustraciones colectivas repetidas cíclicamente, han tornado escépticas, indiferentes y escapistas, a la abrumadora mayoría de las últimas generaciones, y han exacerbado el individualismo del “sálvese quien pueda”. La doble moral que surge de una estructura económico-social escandalosamente desigual e injusta que contrasta con las pretensiones jurídicas, demagógicas y cínicas, que pretenden aparecer como una democracia, han corrompido el lenguaje y han impuesto o fomentado tendencias a comportamientos sinuosos, oportunistas y traidores, respecto a las causas nobles, condenándolas al sacrificio, al heroísmo o al aislamiento. Así mismo, han hecho muy difícil la auténtica libertad de expresión que tuvo cierto auge en los primeros gobiernos liberales y en algunos breves periodos posteriores a la violencia conservadora. El afianzamiento de métodos represivos como el sicariato, la militarización y el paramilitarismo, unidos a las consecuencias de la desocupación y los negocios sucios, han lumpenizado de arriba hacia abajo, a considerables sectores de la sociedad colombiana, fenómeno al que no han escapado los gremios de la creación de cultura y de importantes núcleos profesionales. La herencia de una cultura sin ciencia ni filosofía, sustenta la especulación y la retórica y hace extremadamente difícil la crítica objetiva. En cuanto a la libertad de expresión, en general, se permite el diagnóstico pero no el fijar responsabilidades ni señalar salidas históricas concretas.
Estamos, pues, ante una situación panorámica terminal pero el Sistema se resiste una vez más al cambio, apelando incluso a farsas y manipulaciones de la justicia como es el caso de numerosas “investigaciones exhaustivas” y de la Ley de Justicia y Paz que supuestamente enjuicia al Paramilitarismo, dejando impunes a los cerebros y financiadores del terror, y sacrificando apenas algunos “chivos expiatorios”.
En esas circunstancias, la auténtica creación de cultura (aquella que logra una sensibilidad y una lucidez en profundidad, y que permite vislumbrar y abrir caminos de superación) se ve abocada a un bloqueo creciente, y con frecuencia es reemplazada por pomposas y estériles ceremonias culturales, que permiten hinchar cuantitativamente las estadísticas y mantener (para las masas crédulas que hay en todas las clases sociales) la fachada de una cultura dinámica. En forma análoga a como se ha configurado una democracia formal, se ha configurado una cultural formal y cómplice (pues ambas se retroalimentan). La gran prensa ha suprimido o minimizado los suplementos literarios, los espacios culturales de la televisión han desaparecido o se han degradado, la radio cultural es excepcional y está amenazada por la comercialización, las revistas de cultura son semiclandestinas y sucumben al poco tiempo o deben hacer concesiones a la moda y al estilo light, en las universidades impera la tecnocracia y las editoriales consagran (a base de publicidad) al escritor vendedor y tienen a su servicio batallones de comentaristas y reporteros. El cálculo de los “libros más vendidos” reemplaza cada vez más a la crítica responsable y las exposiciones de artes plásticas están invadidas por la extravagancia, la frivolidad y el pequeño escándalo, y son tiranizadas por la grosera comercialización de las galerías y por el esnobismo de las clases emergentes compradoras de arte. La mayoría de los trabajadores de la cultura se pliega progresivamente al sistema, chantajeada por la necesidad de ganarse el sustento y de difundir su obra, cuando no se trata de las falsas vocaciones de quienes utilizan la cultura light para trepar socialmente y alcanzar el mezquino brillo de las estrellas de neón. Muchos escritores, intelectuales y artistas, fueron capaces de sobrevivir a ese drama, envueltos y blindados por sus ilusiones y sus sueños, aunque no pocos se perdieron en la altura, irrecuperables ya para la lucha verdadera, mientras millones se hundían abajo en la sangre y en el fango. Otros lograron vigorizarse con la belleza de la naturaleza y pudieron así enfrentar la crudeza de la realidad cotidiana, al precio del aislamiento y el exilio interno voluntario.
La autocensura es con frecuencia el precio exorbitante que deben pagar muchos talentos para que no se los margine y exilie en su propio país, y se presentan casos de escritores, artista e intelectuales que se vuelven los más eficaces censores y perseguidores de sus colegas rebeldes para hacer méritos ante sus patrocinadores.
Por el contrario, creemos que nuestra realización está en la misma lucha, creando progresivamente un mundo de relaciones relativamente nuevas que sea suficientemente solidario, humanizado y eficaz para crecer y mantenerse dentro del mundo alienado que lo acecha. Un mundo que se distinga por la capacidad de comprender crítica y autocríticamente, el desafío de esta época terminal del Capitalismo Salvaje. Ese es el objetivo general del Movimiento de Artistas e Intelectuales por la paz de Colombia, el cual se propone aglutinar paulatinamente a los trabajadores de la cultura que han logrado preservar una libertad creadora básica y una elemental dignidad de hombres libres, para emprender acciones comunes que contribuyan a orientar y hagan reflexionar a los colombianos, mediante el estímulo de las búsquedas individuales y experimentales que son indispensables en la obra de cada cual pero, al mismo tiempo, ejerciendo la crítica mutua y evitando la complicidad.
Diversidad en la unidad
En nuestro movimiento hay fundamentos y criterios que deben ser comunes a todos, pues son indispensables para lograr la acción cohesionada del mismo y para evitar las contradicciones antagónicas. Ante todo, estamos resueltos a asumir nuestra historia de manera crítica y con mucho más rigor. El bosquejo anterior no es sino un comienzo en esta dirección pero nos deja otra enseñanza que compartimos: no sólo están por investigar todavía muchos aspectos de nuestras raíces, ancestros y posibles legados (cuyo estudio y asimilación cambiaría el panorama cultural y lo haría más auténtico) sino que con lo anteriormente expuesto, es ya muy clara la necesidad de transformar progresivamente las estructuras actuales y los vicios que le son concomitantes, debido a los cuales se ha deformado y retrasado nuestro proceso como nación y como pueblo.
Es preciso democratizar la economía y la educación, no solo para que sea posible una verdadera democracia política, sino para que pueda madurar una cultura que, al permitir la formación y participación de amplios sectores, sea decisiva en la consolidación nacional e internacional, de un país digno e influyente a escala mundial. La inexistencia, por ejemplo, de un gran público de nivel suficiente para la adquisición y comprensión de obras rigurosas, que permita el afianzamiento y la prosperidad de escritores, artistas e investigadores que no dependan de las editoriales comercializadas y de la ayuda mezquina y condicional de la gran prensa, sostenida por el Capitalismo Salvaje, es una de las carencias que más afectan el retraso y la escasez de la producción cultural específica.
El nombre de Movimiento Cultural por la Paz es, por tanto, apropiado y significativo, en cuanto no es posible la paz sin justicia social y ésta se plantea como resultado de la democratización de las estructuras y de la modernización de la educación, mediante su laicización efectiva y con programas científicos, filosóficos y estético-sociales.
No sobra aclarar que el Movimiento Cultural por la Paz no es un partido, tampoco es simplemente un frente político (al menos en sentido tradicional) y no se propone acceder al poder, sino influir en él desde su órbita específica de creación polifacética y espiritual. Convendría tener en cuenta que, como dice Fernando Mires, “al saber que cultura es totalidad en la historia (o si se quiere, es un proceso eternamente inacabado) cualquier intento para encontrar un determinante cultural absoluto resultará un acto fallido” (6).
En esencia, el reto que nos motiva, es la generación de una contracultura, alternativa y progresivamente sustituta de la imperante, que sea concebida y proyectada en el ámbito de una solidaridad plena y concreta, y de una actividad humanista universal y eficaz.
Conflicto, arte y cultura
Uno de los grandes problemas que han aflorado en el corto tiempo de trabajo de este Movimiento, es el de la manera cómo los intelectuales artistas y escritores perciben los problemas reales y concretos de la sociedad y, específicamente, del conflicto armado y político-social colombiano.
El Movimiento Cultural por la Paz, está inscrito (querámoslo o no) en este contexto problemático y concreto de nuestra sociedad. La alusión, “por la paz”, pone de manifiesto una intencionalidad de oposición a la guerra y a los poderes que en ella intervienen. Frente a este contexto, surge la necesidad de desarrollar una hermenéutica realista, con fundamentos tanto teóricos como prácticos, basados en la investigación sistemática y profunda de nuestra realidad.
Según Gadamer, solo es posible realizar una traducción reflexiva y realista del contexto, cuando se desarrolla una apropiación de la historia efectual, es decir, aquella en la que intervienen los prejuicios legítimos de los sujetos que son a la vez obstáculos y garantías de comprensión. Todos estos conceptos prejuiciados son los que constituyen la interpretación plural y diversa del Movimiento, y esta tolerancia inteligente es la que impide que se llegue a un colapso.
Equilibrio entre el pensamiento, la sensibilidad y la acción política, serían en principio las características fundacionales de este Movimiento. El equilibrio no es entendido aquí como neutralidad, sino como comprensión dialógica e intercambio y asimilación en la diversidad. De lo que se trata es de romper con la hegemonía actual de una cultura con tendencias serviles o cómplices respecto al Establecimiento, al poder autoritario y a la violencia que quiere aniquilar los intentos individuales y colectivos de superación.
Desde las anteriores reflexiones, se propone un marco criterios de acción cultural y política.
Principios básicos del Movimiento
Humanismo en oposición a la barbarie de la guerra
Los intelectuales que han venido participando, desde dentro y desde fuera, en el debate, tienen en común un sentido humanista y una oposición a la barbarie de la guerra.
Respeto por la diversidad y unidad de lo diverso
El debate desarrollado hasta ahora, muestra una pluralidad de ideas (a veces contradictorias) pero esta circunstancia no ha impedido el llegar a acuerdos básicos que permitirán el fortalecimiento del Movimiento.
Solidaridad y acompañamiento a sectores victimizados
Es preciso preservar y hacer real la premisa de que “no encontraremos sentido a nuestra vida si no hay verdad, si no hay justicia y si no hay reparación para las víctimas”. Nuestra solidaridad debe materializar este principio, e ir más allá: debemos dialogar con las víctimas, hacerlas partícipes de nuestra actividad artística para que puedan recuperar la esperanza, de tal manera que dejen de ser simples víctimas y se conviertan en sujetos activos de una sociedad más humana.
Fortalecimiento de una estrategia de comunicación y divulgación
El movimiento debe organizar sus propios medios de comunicación: una página web, publicaciones alternativas, programas de televisión y radio, y un congreso nacional del arte y la cultura.
Actitud propositiva y alternativa frente a la guerra
Debemos estudiar y hacer propuestas y acciones de paz, al gobierno, a los países amigos, a los ejércitos en pugna, a los partidos políticos y a los movimientos populares.
Convocar la solidaridad nacional e internacional con Colombia
Es preciso realizar un trabajo que concite la solidaridad internacional inmediata en la lucha por la paz de Colombia y, por tanto, es necesario ampliar nuestro movimiento de tal manera que logre consolidarse como un movimiento mundial de artistas e intelectuales por la paz de Colombia y del mundo.
Organización de grupos de base
Finalmente, el Movimiento debe dar una gran importancia a los grupos de base en las ciudades y campos de Colombia y fuera del país, para que constituyan una verdadera fuerza espiritual, cultural y política de la nación, que sea la manifestación de una paz “más activa que todas las guerras”.
Citado por Suescún Armando, Derecho y sociedad en la historia de Colombia, Tomo I, pág. 15, Editorial Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Tunja 1998.
Colón Cristóbal, Cartas a la corona española.
Suescún Armando, ibídem pag. 16.
ver, La muerte de la nación, del historiador Álvaro Paredes Ferrer, Editorial Castillo, 1990 aproximadamente, así como los pasajes pertinentes de Los grandes conflictos sociales y económicos de nuestra historia de Indalecio Liévano Aguirre.
ver, 1903 Adiós Panamá, del historiador Enrique Santos Molano, Villegas editores, 2004, Bogotá DC.
Mires Fernando, ver su libro Cultura y Democracia. |