Notice: Undefined index: hasmaporder in /home/prometeo/public_html/movimientoculturalporlapaz/leftcol.php on line 42
     
 
 

Debate

Septiembre 2 de 2007


El acuerdo humanitario es el
principio, pero no es suficiente

Álvaro Marín

Volvemos después de medio siglo a las preguntas de los años cincuenta ¿es insoluble el problema colombiano? Se preguntaba el poeta Jorge Gaitán Durán hace cincuenta años, en medio de la violencia que dejó 300.000 muertos, una violencia con signos repetidos por la violencia de nuestro tiempo: masacres, desplazamientos, crecimiento del latifundio, intervención norteamericana y gobiernos sumisos ante poder mundial, que ven grande al imperio porque lo ven de rodillas, como afirmaba Bolívar de los criollos admiradores del poder sajón.

El acuerdo humanitario que empieza a abrirse, aun lográndose, no colma las expectativas de la mayoría de la sociedad colombiana. Y aunque es urgente el intercambio de prisioneros, -no hay razón política ni militar para mantener a millares de familias colombianas en el limbo de la indiferencia, en el no lugar de las alucinaciones de los ejércitos enfrentados- aun es más importante que la liberación de prisioneros, la liberación del país del pandemonio de la violencia. Iniciado el proceso de acuerdo los colombianos tendremos que ir a fondo en las exigencias que derivan de la grave situación del país.

El desborde de nuestro conflicto más allá de nuestras fronteras ha llevado a algunos países a tomar una iniciativa y a proponer salidas con propuestas puntuales, como es el caso de la intervención del presidente Hugo Chávez a la que hay que agregar el interés de Francia, España, Suiza y los hermanos países latinoamericanos: Brasil, Ecuador, Cuba, Nicaragua, Argentina, Bolivia y Urugauay. Es un momento excepcional para posicionar una propuesta de paz sólida que posibilite a los colombianos la salida del laberinto de  una añeja escisión social y de una violencia estructural que ha derribado los frágiles muros de la enclenque conformación nacional.       

El fracaso del Estado colombiano  

Los acuerdos humanitarios son formas de regular las guerras, y son también una herramienta de la población no combatiente que reclama protección, pero también de la población que reclama salidas civilistas. Si en el espacio abierto por el proceso de intercambio, las corrientes democráticas del país logran posicionar con claridad una propuesta de paz que logre articular los procesos e iniciativas civilistas que ha tenido la sociedad colombiana en el último año, seguramente se abrirá un espacio nuevo en el país que logre neutralizar las salidas de sangre que proponen los guerreristas a quienes hay que recordarles las palabras del poeta José Martí dirigidas a su amigo el General Máximo Gómez en la guerra de liberación de Cuba: “general un país no se funda como se funda un cuartel.”

El fracaso y derrumbe del Estado colombiano se lo debemos al guerrerismo imperante en la sociedad colombiana y que hace que tengamos un ejército descomunal, pero sin Estado, y esta es la gran paradoja de los tiempos que corren en los que discurre tanta retórica en defensa de “las instituciones democráticas”. El ejército colombiano, hay que decirlo, se comporta en nuestro propio territorio y ante los nacionales de Colombia como un ejército de invasión y como extensión del poder y de la economía mundial en sus territorios de conquista. Una forma de desactivar la guerra pasa por la recomposición del ejército nacional con intereses nacionales.

Una intelectualidad sumisa

Sin la recuperación de la actitud crítica en el país es imposible encontrar los elementos de nuestro desajuste histórico. Hay que volver a recordar al poeta Gaitán Durán buscando los contextos y las preguntas pertinentes en la búsqueda de descifrar una realidad ominosa. Buena parte de la intelectualidad colombiana mantiene la actitud ladina de quienes se creen inocentes ante la guerra. Creen estar al margen, o en el inexistente centro de una sociedad deshilvanada. A una intelectualidad del mismo carácter, o mejor, de la misma falta de carácter Gaitán le indicaba: “Jamás el intelectual es víctima de cierto estado de cosas. El intelectual es siempre cómplice. No puede excusarse con la fe. Tiene la culpabilidad original de la conciencia.”

Al lado de la censura mediática convive la censura intelectual que hace parte de la impunidad. La impunidad en Colombia es tan frecuente como el crimen y la censura de los medios y la autocensura intelectual son los componentes más sólidos del entronamiento de la impunidad. Hay una especie de terror a la crítica en donde ésta se ve como amenaza, la intelectualidad crítica ha desaparecido de los medios y en la academia la derecha intelectual se ha hecho a la dirección de la universidad pública. Entre escritores y artistas se reproduce la censura; algunos, entre los más publicados por las industrias culturales, se convierten en censores, y cuando no, en señaladores o en instituciones individuales de control de la crítica al Estado.

La iniciativa del Movimiento por la paz de Colombia, ha sido señalada desde la misma intelectualidad por no obedecer a los requerimientos del poder de los medios; en su Carta fundacional el movimiento se manifestaba frente al horror de lasa fosas comunes. La respuesta de algunos escritores de los medios fue más fría que el vaho de muerte de las fosas: algunos condenaban al movimiento como amigos de la insurgencia, otros daban razones absurdas del prolongado conflicto: uno de ellos, buscando “Las semillas del desorden”, suficientemente ilustrado, llegó a decir en la revista Cromos y en un lenguaje propio de las brigadas militares, que el prolongado conflicto era producto de la terquedad de unos “insurgentes salvajes”.

No puede ser sólo el instinto de guerra lo que lleve a una insurgencia a permanecer en estado de rebelión durante medio siglo, como tampoco puede ser un simple capricho de aventuras juveniles, o perversión moral, lo que lleve no sólo a muchos jóvenes colombianos a las armas, sino también a jóvenes latinoamericanos y europeos a sumarse a esa horda de “insurgentes salvajes” como ocurre con jóvenes de países tan distantes de Colombia como Holanda o Noruega; el asunto trasciende, como el paso gigante del capitalismo mundial, la mirada aldeana. Y esa realidad de la sociedad mundial hay que leerla detenidamente al lado del registro del conflicto colombiano; una buena parte del problema colombiano deriva de poderes exógenos, por tanto también buena parte de sus soluciones. El asunto del acuerdo humanitario y la iniciativa de paz en Colombia, es también un asunto de la solución, o del fracaso, de la sociedad mundial. Los desajustes en parte son nuestros y en parte son derivados de la puja mundial y sobre todo norteamericana, por hacerse a un territorio estratégico no sólo en Latinoamérica sino también en el mercado mundial, Colombia es una herida en el centro del mundo. 

Nuestra intelectualidad desconoce los problemas en los territorios y en las mismas comunidades, se informan de lo que dicen los medios oficiales y reproducen la mirada superflua y carente de espíritu investigativo de los medios. Para ellos los acontecimientos históricos son un error, o un capricho del anacronismo de algunos  individuos. No leen en la profunda herida del país los signos del paso de un desmesurado poder criminal, o tratan precisamente de ocultar sus crímenes con sus aseveraciones. El chantaje del poder se convierte de esta manera en una forma de reproducir el crimen a través del silencio o el señalamiento. Y más lo segundo que lo primero, la derecha ha terminado imponiendo una cultura de la delación que paga en efectivo o en promoción cultural.     

 

Perspectiva del Movimiento de Artistas e
Intelectuales ante el acuerdo humanitario

El conflicto colombiano es un complejo cruzado por elementos económicos, políticos y culturales. Pero no puede ser insoluble el problema colombiano, ningún conflicto político es insoluble. Si el Movimiento cultural que surge quiere ir más allá de los hechos de coyuntura y las declaraciones contestatarias, es necesario que construya su proceso al lado de los movimientos que surgen y que se han manifestado con claridad ante el país.   

El intercambio humanitario es la oportunidad de poner en común los problemas del país en el entorno continental y mundial, pero también es la posibilidad de recomposición del movimiento crítico y social en Colombia, al lado de las reivindicaciones de justicia y de democracia que empiezan a exigir los adolescentes colombianos, las víctimas, los hijos de los inmolados, los campesinos e indígenas y los desplazados de todo el país. El acuerdo humanitario no supone un acuerdo de paz, pero puede ser el principio y es en ese sentido que el joven Movimiento puede dar pasos firmes hacia una propuesta de país.

Si el problema colombiano ha desbordado las fronteras nacionales y el acuerdo humanitario moviliza fuerzas nacionales e internacionales, entonces es el principio de conexión de Colombia con la realidad de su entorno latinoamericano y mundial, que puede ser también el principio de una salida firma a una paz duradera. El interés de los países vecinos y de otras latitudes ante el problema colombiano es una oportunidad que debemos considerar de elevada importancia, y un estímulo para el Movimiento de artistas e intelectuales por la paz de Colombia. Más que un apoyo verbal de los intelectuales a las gestiones de gobiernos vecinos como el de Chávez, necesitamos los colombianos profundizar nuestro propio proceso hacia una salida negociada del conflicto colombiano, y hay que entender los apoyos externos en este sentido, dentro del mismo propósito, más allá del acuerdo humanitario y que nos compromete a todos en la búsqueda de la salida en medio del fuerte remolino de la guerra.

Inicio Noticias Comunicados Artículos Debate Galería
Contáctenos