Los nuevos
Prometeos
Eduardo Escobar. Columnista de EL
TIEMPO.
En Lecturas del sábado, EL TIEMPO
publicó un manifiesto por la paz emitido por un grupo de intelectuales
colombianos con la ilusión de pertenecerse en la ficción política que algunos
llaman con muchas ínfulas: la izquierda. El documento ofrece una conciencia
sesgada de las cosas. Y una opinión exagerada de sí mismos. En el tono desolado
de la tradición de los manifiestos de artistas del tercer mundo, la carta evoca
los profetas del Viejo Testamento. Comienza declarando que están indignados y dolidos.
Como si eso sirviera de consuelo, esperanza o motivo de orgullo.
Esos mismos intelectuales en
ejercicio de su capacidad olímpica para señalar a los culpables de los males
del país y proponer acciones de Estado no son inocentes de los daños que denuncian
con acritud. En el drama de ascos y mentiras que vivimos, ellos también están
en mora de ofrecer su propia versión libre ante el tribunal de la Historia. Y de emprender la autocrítica con humildad. Olvidan que a veces justificaron el
horror que los espanta. Y si son incapaces de asumir su parte de
responsabilidad en la infamia de los cementerios clandestinos contra los cuales
claman es porque renunciaron a la función crítica del pensamiento y se condenan
a la inmovilidad.
Muchos firmantes del mensaje, y
yo también, caímos hace años en la trampa de los comisarios de Lunacharski, el
director de la cultura proletaria que marchitó el arte ruso, condenó sus
mejores artistas al suicidio, la cárcel o el ostracismo, y redujo la poesía a
simple vehículo de propaganda de la iglesia del odio universal. La revolución
produjo fenómenos extraordinarios como Maiakovski. Pero Maiakovski acabó por
pegarse un tiro dejando una frase memorable como expresión de la derrota de la
poesía ante el terror estatal: la barca del amor se ha roto contra la vida
cotidiana.
Para el resto de la historia
sirven las mismas palabras del manifiesto: desplazamientos, juicios sumarios,
desapariciones, campos de prisioneros. La mentira policíaca convertida en una
Utopía a la cual muchos aportamos ceguera y pasión, convertidos en apéndices
del proyecto imperial cuyo Vaticano era el Kremlin.
Contagiados por el clima de los
tiempos ignoramos en el espíritu bolchevique el elemento místico, su confianza
desmedida en la acción, y nos dejamos avasallar por su fe sombría.
Permaneciendo en la esfera del
romanticismo burgués que dijimos repudiar exaltamos en poemas, sainetes y
aguafuertes la guerra, en la figura de algún ídolo del santoral rojo: Ho Chi
Min, el Che. Y como el manifiesto, condenamos unas violencias justificando
otras con omisiones sigilosas y las razones irritadas de un humanismo asesino.
El documento calla los crímenes
del sueño revolucionario. No pide la libertad de los secuestrados en los campos
de concentración de la selva. Y hace pesar sobre el futuro una vieja retórica
que prolonga y agrava una situación deplorable.
La causa es justa y noble. Pero
el examen de conciencia, la contrición, la confesión de boca y el propósito de
enmienda son reemplazados en el mensaje por un discurso desvalorizado. Ya
deberíamos saber que el papel del artista es mucho más modesto y trágico ante
las instancias de los poderes de cualquier clase.
El presentador de la carta se
acuerda de Sartre. Sartre con toda su grandeza moral es hoy un paradigma cansado.
Su tránsito del existencialismo juvenil inducido por la mescalina al maoísmo de
senectud intoxicado con coridrina revela las inconsistencias del pensamiento
revolucionario del siglo veinte y su inutilidad última. Sartre es un querido
figurón en el museo fantasioso de la filosofía occidental.
Chateaubriand recuerda en sus
Memorias una iglesia en Praga y una mujer. Esta canta con acento que le hizo
volver la cabeza. Pero a la eucaristía se cubrió el rostro con las manos y no
pasó al comulgatorio. ¿Qué vergüenzas cargaba esa mujer?
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