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Pensar En Tiempos De Barbarie

A propósito del debate sobre la Carta de los Intelectuales y Artistas

Por Sergio de Zubiría

Todo lo que incitan las próximas reflexiones está contenido en el pensamiento desgarrado de dos filósofos de épocas de barbarie. Walter Benjamin y Reyes Mate. El primero, tal vez, una de las víctimas más notables del nazismo, quien se quitó la vida al ser detenido por la policía española en el pueblo fronterizo de Port Bou al escuchar que iba a ser devuelto a la Gestapo. El segundo, uno de los pensadores hispanoparlantes dedicados a reflexionar sobre los diferentes holocaustos (la conquista de América, las redadas de esclavos en África,  la guerra civil española, el fascismo). La catástrofe colombiana debe reconocer sus proximidades con la historia compartida del género; cualquier provincianismo sólo contribuye a su incremento.

En tiempos de barbarie las ideas son un bien bastante escaso y es urgente su cuidado. Son ideas escasas pero fundamentales. Entre sus hostiles convidados está el “enjambre noticioso” (Benjamin),  el “efecto deslumbramiento” (Mate) y la “banalizacion del sufrimiento”.

Aquel “enjambre de segundos” que bombardea a los expectantes ciudadanos, hace que la noticia se agote en sí misma, ya que de ella no se espera análisis o comprensión sino una impresión, un fogonazo o un titular. La sobre exaltación de lo superfluo y el opacamiento de lo fundamental. Demasiados motivos tiene Efraím Medina Reyes para sostener que por la falta de mirada crítica  “los medios impondrán su mediocridad hasta hacernos creer que farándula y cultura son la misma cosa”. Lo que se busca es impacto y un tipo de impacto “adictivo”, que “sólo se sacia con otro sobresalto de mayor calibre” (Mate). Una especie de preparación compulsiva para estar presto a algo aún peor.

Ese acontecimiento próximo cada vez más potente, termina desfigurando la realidad en una especie de “efecto deslumbramiento” que deforma la valoración de las cosas. “Pensemos en la Guerra Civil española: supuso tal corte histórico que todo lo que antes sucedió, empezando por la II República, es visto en función de lo que luego tuvo lugar. El inconveniente de estas visiones es que deslumbran y, por tanto, pierden de vista mil matices de los acontecimientos anteriores o posteriores a ese acontecimiento mayor” (Mate). Los efectos del deslumbramiento son devastadores: supresión de los matices; desvalorización de todo lo anterior y posterior; y, sobrevaloración exclusiva del acontecimiento mayor.

La legítima condena del asesinato de los diputados en Colombia, por momentos, parece reducirse a que todo en  nuestra vida política es exclusivamente terrorismo, no tiene una historia humana previa y cualquier matiz interpretativo del hecho es visto bajo el lente de “tibieza” o “sospecha”. 

La “banalización del sufrimiento” y el desprecio de las víctimas tuvimos que vivirlo hoy 5 de julio de 2007 en otra “noticia”. Ante la pregunta por la actuación de la hija del diputado asesinado Charry, quien en su dolor criticaba a la insurgencia como al gobierno por tan fatídico desenlace, el Ministro del Interior de Colombia contestó con desprecio inhumano: “tenemos que entenderla aún es una niña inmadura”.   

“Esa frivolización de las vidas de los muertos es el mayor triunfo de las pistolas…Primero se mata físicamente a la víctima y luego se le hace hermenéuticamente irrelevante”.

Tendremos siempre que recordar con T. Adorno que “el sufrimiento es la condición de toda verdad”. Este es el imperativo moral y político post-kantiano, luego de tantos holocaustos. Porque la autoridad de la víctima “no reside en un plus de información sobre el atentado -incluso puede que tenga menos- sino en la riqueza de su mirada. Ven el mundo de otra manera. Nada más ajeno a esa mirada que las peleas partidarias sobre el resultado electoral. El sufrimiento une, es solidario y agradecido. No rivaliza entre las víctimas, ni establece un ranking entre víctimas de primera o de segunda. Y no lo hace porque las víctimas están obligadas a tocar fondo al tener que vivir la vida como una ausencia. La comunidad de sufrimiento valora la vida como el valor absoluto al que todos nos debemos y en el que todos nos encontramos”. 

Aquellas ideas que tenemos que proteger son escasas pero fundamentales. Y de una u otra manera estuvieron presentes en la germinación de la Carta de los Intelectuales y Artistas colombianos. También en su contradictores y hasta detractores. Sin posibilidad de agotarlas, pero con ánimo de subrayar algunas,   quisiéramos reiterarlas hasta hartarnos, planteadas bajo el sereno manto del interrogante.

¿Cómo construir y preservar un espacio autónomo de los afanes noticiosos de los medios para que el arte y la inteligencia puedan pensar y orientar la acción en contextos de barbarie?  ¿Cuáles son las funciones del arte, el artista y el intelectual en la actual sociedad colombiana?  ¿Puede existir uniformidad en la caracterización del conflicto colombiano? ¿Existen caminos y cuáles serían para reorientar nuestro destino histórico?  

Ese campo cultural en construcción, perfectible y limitado, pero autónomo de la evanescencia de la tiranía noticiosa, es nuestro campo, espacio, movimiento, carnaval, minga, ritual, “poético-filosófico”: invitación siempre “bajo sospecha”. Poetizar, sufrir y pensar en tiempos de barbarie será siempre peligroso.

Algunos redimen la supuesta “objetividad e imparcialidad” como si fuese tarea posible, otros claman el “fin de las ideologías” o “ideologías sesgadas”. No faltan los que mandan al cesto de la historia cualquier forma de “pacifismo”. En el fondo tenemos frente a cada uno de nosotros una visión y decisión ideológica, ética y política: nuestro proyecto de vida como intelectuales y artistas.

Consideramos con N. Bobbio que la forma más soez de ideología es la supuesta afirmación del “fin de las ideologías”, ya que esconde el supuesto de una ideología única. Así como la historia es interminable, la perenne confrontación de ideologías es el nutriente de ese proyecto que llamamos occidente. Sabemos que cuando diagnosticamos nuestro conflicto y su memoria, tocamos un terreno político, su interpretación está politizada y esto es inevitable. Evita el más funesto de los huéspedes: el fundamentalismo. En una investigación de la Fundación Friedrich-Ebert para detectar las bases de la construcción del posconflicto en Colombia se ubican por lo menos cuatro posiciones políticas divergentes[36]: el fortalecimiento institucional a través de la seguridad; la ampliación y fortalecimiento de la democracia; el imperativo del realismo; y, la necesidad de atacar las causas económicas y sociales profundas.

Sospechamos que la tarea del artista e intelectual en estos aciagos tiempos no es el “registro notarial” de los sucesos (de cierta forma para ello está la historia), tampoco “el control moral” (basta recordar el desprecio de Nietzsche contra lo que él llamaba la “moralina”) que se nutre de refranes maniqueos y no de ideas (“el que calla otorga”; “solo existen los buenos y los malos”; “quien no está conmigo está contra mi”). No son épocas para nuevos inquisidores con supuestos “dogmas absolutos”. 

Otra vez cerca de Reyes Mate: “Uno pensaría que el papel del intelectual debería ser el cultivo de los matices, aunque resulten intempestivos, esos matices que corren el riesgo de perderse por el efecto deslumbramiento”.

Cartagena de Indias, Julio 5 de 2007   

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