Cuando los poetas se toman la
palabra
para pedir la paz
Por Jotamario Arbeláez
Desde siempre, y con mayor razón
ahora, después de la masacre de los 11 diputados del Valle, es un imposible
moral para cualquier entidad pensante validar la muerte de rehenes, -en
ejecución o fuego cruzado- así se presente como un acto de guerra.
De todas las formas de lucha, la
única válida es la lucha por la paz
Culipronto como el Ministro de
Defensa, firmé a conciencia en Medellín la “Carta de los poetas e intelectuales
por la paz de Colombia”, convencido como lo sigo de que todo lo que allí se
consigna es cierto, y digno de repudio y denuncia. Sobre todo el secuestro,
venga de donde viniere. Porque sabemos -a través de múltiples noticias de
prensa- que lo practican o han practicado, a más de las guerrillas,
narcotraficantes, militares, paramilitares, militares retirados, delincuentes
comunes y hasta jóvenes ‘garra’, como los que me sometieron al “paseo
millonario”.
Fue firmada la carta
originalmente por cerca de 100 escritores y artistas, y al momento va por 920,
de Colombia y de otros 69 países, entre ellos el premio Nobel Wole Soyinka, de
Nigeria, lo que les confiere al documento y al movimiento proyección y
compromiso mundial. Milagro realizado porque el encuentro -del que salió el
documento- fue convocado por el “Festival Internacional de Poesía de
Medellín”(1), entidad que -luego de 17 ininterrumpidos años de actividades-,
recibió el pasado diciembre el Premio Nóbel Alternativo de Paz. De ese número
de firmantes, la apabullante mayoría no es proclive a la pluralidad de las
formas de lucha de la subversión. Lo que no entraña, tampoco, que puedan ser
considerados uribistas ni pro-paracos. Porque ahora todo hay que dejarlo bien
claro.
En una frase rimbombante -de
cuando se preciaba de su pensamiento izquierdista-, nuestro gran García Márquez
manifestó que el único compromiso de un escritor revolucionario era escribir
bien. Muchos se empeñaron en ello tan al pie de la letra, que hasta llegaron a
escribir a la perfección en contra de la revolución, o por lo menos contra la
izquierda superviviente.
Alegan que no se salieron de la
izquierda sino que la izquierda se acabó. Y condenan -y hasta se burlan- de
quienes en ella persisten a pesar del tal acabose. Y los consideran ‘idiotas’.
Como antes llamaba la derecha ‘idiotas útiles’ a quienes, sin militar en la
izquierda, apoyaban algunos de sus planteamientos, en aras de un inminente
hombre nuevo y de una nada utópica sociedad más igualitaria. Incómodos a veces
compañeros de viaje. Porque hacían parar el carro incluso en plena subida para
bajarse. Muchos de los firmantes y no firmantes pudimos haber estado entre
ellos.
Las vueltas que da el mundo para
confirmar que los extremismos se tocan. Mi entrañable amigo Eduardo Escobar
-autor de bellos y valientes poemas al Che, al tío Ho y a Neruda -, se despachó
en su columna como si fuera el presidente en persona, y Óscar Collazos -el
Albert Camus de los pobres- como si fuera el ministro de Defensa. Más con la
intención de torpedear el escrito de sus amigos que de aportarle sus luces,
empleando el mismo argumento con que los organismos estatales desestiman las
denuncias de las ONGs y de la prensa extranjera contra las miserables motosierras
(2). Que por qué no acusan también los oprobios de la guerrilla. Como si no
denunciar al mismo tiempo y en la misma hoja y con la misma rabia y ante el
mismo tribunal de la Historia dos tipos de crímenes implicara la inexistencia o
la impunidad del que acaba de perpetrarse. Habría que denunciar al asesino pero
también señalar a los amigos del muerto.
Pero siendo reflexivos resultamos
flexibles y aceptamos el generalizado reclamo. Por la falta de una condena
radical y con nombre propio a los plagios de las guerrillas, tal vez el
documento haya quedado cojo. Pero, cojo y todo, derecho tiene de andar.
Desde siempre -y con mayor razón
ahora, después de la masacre de los 11 diputados del Valle-, es un imposible
moral para cualquier entidad pensante validar la muerte de rehenes, en
ejecución o fuego cruzado, así se presente como un acto de guerra. Ese
fusilamiento atroz no tiene ninguna justificación revolucionaria. Así lo
declaró el respetable patriarca del Polo, Carlos Gaviria. Y Simón Trinidad
acaba de expresar su oposición al secuestro, ante el juez norteamericano, así
sea porque acarrea “un costo político muy alto”.
De entre todas las formas de
lucha la única con aceptación unánime es la lucha por la paz, y esa lucha se
hace sin fierros.
No puedo militar en un movimiento
diferente del nadaísmo, porque tendría que pagar una multa. Y yo soy el
tesorero del grupo. Pero apoyo las causas que considero apuntan a la paz y a la
dignidad. Sartre no dejó de ser existencialista cuando apoyó las causas de Castro
y de Mao. Como cuando lo hizo con el conspirador Nizan y el ladrón Genet. Al
comunismo ni siquiera lo acabó Wall Street, sino sus propias acciones. Y ahora
en la Santa Rusia medran las oligarquías y la mafia. En Colombia, donde el
repudio ciudadano a la insurgencia habría que medirlo por el apoyo a Uribe, la
posición recalcitrante de algunos intelectuales de izquierda parece más una
negativa a la abdicación de principios que una sincera convicción en el triunfo
armado. Un movimiento como estos -por la entidad que lo convoca y las firmas
que lo secundan-, debe trabajar más desde la poesía que desde ninguna posición
ideológica de contenido político. Lo contrario sería un engaño a la mayoría de
los firmantes, y a los mismos intelectuales comprometidos, con una solidaridad
ilusoria.
De las 920 firmas
consultadas y consignadas ya hay una baja que lamentar, ocasionada por el
torpedo de Collazos, la poetisa Annabel Torres; no porque esté en desacuerdo
con lo que leyó, sino porque está de acuerdo con lo que no leyó. Y en medio de
lamentaciones y mea culpas ha retirado su firma. Empiezan a generarse debates
de vates, y es de desear que no terminen en oscuros señalamientos. Que ya se
están presentando y en forma sórdida. Para que cada punto de vista intelectual
no termine en la mira de los fusileros contrarios.
No retiro mi firma de la carta de
los poetas. Antes bien, invito a los aun renuentes a que se sumen. Entre
ellos, los imprescindibles en toda reclamación popular y patriótica Juan Manuel
Roca, William Ospina y mismo Oscar Collazos. Permitiéndome informarles que, en
reciente reunión del comité coordinador del “Movimiento de Artistas e
Intelectuales por la Paz de Colombia”, y teniendo en cuenta las respetables
observaciones a la redacción inicial de la carta, por parte de no firmantes, de
posibles firmantes y de innumerables simpatizantes, se ha decidido incluirle el
siguiente párrafo correctivo al texto fundacional:
“Condenamos todo acto violatorio
al Derecho Internacional Humanitario por parte de la guerrilla, como son el
secuestro y los ataques directos o indirectos contra poblaciones inermes y el
mantenimiento de rehenes en condición infrahumana. Declaramos execrable la
muerte de los 11 diputados en su poder. Reclamamos la voluntad y disposición
expresas de la insurgencia y del Gobierno para realizar el ya impostergable
Acuerdo humanitario. Y consideramos la Comisión Internacional de Encuesta, propuesta por los países amigos, una herramienta válida
para esclarecer los hechos que terminaron con la muerte de los 11 diputados del
Valle"
Aparte de todo esto sólo faltaba
-y se explica porque en Colombia vivimos- que la “Carta de los poetas e
intelectuales por la paz de Colombia”, comenzara a desencadenar una guerra
entre poetas e intelectuales.
Este fantástico festival de
poesía -para los que aun no lo saben- cambió ante el mundo el rostro de
Medellín: de la urbe de horror y terror instaurada por Pablo Escobar, al honor
de ser considerada la capital mundial de la poesía.
Acabo de recordar un verso
tremendo de Andre Breton: “Avec la scierie si laborieuse qu’on ne voit plus”
(Con la sierra mecánica tan laboriosa a toda velocidad). |