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Guerra de poetas contra la guerra

Por Jotamario Arbeláez

A los más beligerantes se les desinfló el balón en mitad del partido.

 El intelectual que tenga palabras para justificar la masacre de los once diputados de Cali secuestrados hace 5 años por la guerrilla, que me las exprese para mandarlo a la mierda.

Que fue porque sus guardianes sintieron que llegaban dispositivos no identificados a rescatarlos. Tal vez los mismos que acababan de dar de baja a su jefe alias J.J. Que porque el altivo gobierno se empecinó en rechazar las condiciones exigidas para liberarlos. O porque en su condición de cautivos mamados de esperar que se hiciera algo por ellos, se rebotaron y decidieron ofrendar su vida antes de seguir soportando indefinidamente  semejante tortura.

El caso fue que los ejecutaron, que fueron víctimas ciegas de una práctica deplorable, que once familias se quedaron sin el amor que veía por ellas, asi fuera amarrado y desde la torva manigua. Pero no es solo el sufrimiento de esas familias. De todas las familias del país que viven en su corazón tal tragedia, que produce a la vez espanto, dolor y náuseas. 

En las guerras muere gente de bando y bando, dicen los que conocen el manual de instrucciones, y como rehenes con estatus político los señores diputados se volvían parte de la guerra. Pero no, apreciados señores, nadie hace parte de la guerra en Colombia, aparte de los que se lucran de ella, los que la generaron por su rapiña con la tierra, los que los defienden, los que la financian, los que venden las armas, los uniformes, las botas, los pertrechos y las raciones, los que la utilizan como rebusque, los que la usan como envoltorio para negocios más gordos, los que no esperan resolverla sino ganarla. Tal vez son muchos, y hasta muy importantes, pero no el hombre de la calle ni el campesino. La eterna carne de cañón del conflicto.

Respeto a mis colegas intelectuales, con quienes me une una larga trayectoria entre todo tipo de causas. A unos les ha ido mejor y peor que a otros. Algunos que tomaron el camino del intelecto por encima de la doctrina han logrado triunfos señeros. El que se quedó rezagado manifiesta su resentimiento atacando con golpes tan bajos que bordean la infamia y el código penal. A los más beligerantes se les desinfló el balón en mitad del partido. Y el que nunca fue recibido con buenos ojos en el estadio resulta haciendo de árbitro.   

Aprendimos que el poeta era la voz de la tribu, el artista el reflejo de la vibración de su época, el intelectual la conciencia crítica de su sociedad y su tiempo. Por eso nos arrogamos el derecho de cantar la tabla cuando la descubrimos podrida. Sobre todo cuando se presentan casos de rechinantes violaciones a la dignidad de la tribu, a los derechos humanos inalienables, a la desamparada criatura.

Recientemente un colectivo de poetas e intelectuales  denunciamos una serie de bárbaras situaciones, en una carta por la paz de Colombia. Y los primeros comentaristas del documento, entre ellos poetas e intelectuales muy respetables, pusieron el grito en el cielo porque no se había condenado con igual enjundia la otra parte. O sea que no se recibía ninguna queja contra la explícita conducta paramilitar mientras no se pusiera en el otro plato una denuncia igual contra la guerrilla, que estaba implícita.  

Como se vienen presentando las cosas, sólo faltaría que ahora los fundamentalistas amigos me reclamen porque condene indignado y dolido la ejecución de los once diputados caleños, y no deplore la del combatiente alias J.J.

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