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Entre Godos y Literatos

 Por: José Martínez Sánchez

Colombia es un país lacerado por una serie interminable de guerras civiles, fraccionado desde sus orígenes republicanos por el bipartidismo y la miseria material de su pueblo. Una turba de tecnócratas y falsos gobernantes ha minado la incipiente vocación de soberanía popular, repartiéndose el erario público en medio de la corrupción más cínica jamás soñada por las recientes dictaduras en América Latina. Pero allí donde la infamia se ha enseñoreado del estado, la sociedad civil ha sabido levantarse para reclamar el legítimo ejercicio de la autodeterminación de los pueblos y buscar sus propias formas de gobierno. Un caso elocuente es el argentino, no sólo porque en dicho país el pueblo en pleno juzgó y condenó a los militares implicados en el asesinato de miles y miles de ciudadanos sino, además, porque el escritor Ernesto Sabato asumió como propio el descontento de un amplio núcleo de creadores intelectuales dispuestos a oponerse, con sus ideas y su talento, a lo que parecía no tener fin en ese proceso.

En nuestro país la situación es a otro precio. Nuestros intelectuales y creadores pertenecen, en no escasa mayoría, a ese mismo rebaño de individuos sin conciencia, movidos por el marketing o por el tibio acercamiento a una realidad que supera con creces la pobre sensibilidad de intuitivos manufactureros de los poderes mediáticos. Entre uno y otro tiranuelo de nuevo cuño, la opinión del escritor parece atada a las viejas fórmulas electoreras, autocomplaciente en su típica vanidad al servicio de intereses “tinieblos”.

De ahí que sea tan escaso encontrar en Colombia al escritor total, refinado en la comprensión de una sociedad cercenada por la peor crisis de su historia. Llevado por un conservadurismo de vieja data, prefiere aplaudir cuando el presidente actual envía destacamentos de soldados a matar guerrilleros en los frentes de batalla, así sepa por lecturas elementales que los conflictos internos no se resuelven por las vías “mesiánicas” del ejecutivo reeleccionista. ¿Hasta cuándo los colombianos continuarán de espaldas a la historia? ¿Acaso no disponemos de fuentes documentales sobre los movimientos sociales del pasado?

Basta leer ciertas columnas publicadas en la prensa por algún poeta o escritor del momento para sentir esa suerte de escozor ante lo inaudito. La falta de análisis, el desconocimiento de los momentos más dramáticos de las luchas sociales en Colombia y los genocidios que tiñen con sangre el croquis del país permanecen al margen de la escritura. Se pueden contar en los dedos de las manos los autores que aún recuerdan con horror la eliminación sistemática de los militantes de la Unión Patriótica, los mismos que a la vía inveterada proponían el legítimo derecho a exponer sus ideas sobre una tercera opción en medio de la guerra. También los responsables de masacres y asesinatos siguen ocultos, como si en vez de dar cuenta de un malestar que ya es enfermizo las plumas estuvieran destinadas al encubrimiento. Los puntos neurálgicos del descontento social se ven relegados al olvido, pues a diferencia de aquella escritura que campeó en la literatura nacional en el período de la Violencia, el actual escritor de la cotidianidad resulta menos sensible a las injusticias. Nos referimos, claro está, a ese intelectual medio que realiza su proyecto entre el periodismo de opinión y la escritura literaria. Así, a la censura impuesta por las casas editoriales se responde con el texto chirle. Esta es la comodidad, la aparente incursión en un medio donde la “memoria”, como en una vieja novela, es cosa vulnerada.  Podríamos particularizar hasta el infinito para ir descubriendo esta simulación lamentable.

De hecho, los colombianos no vivimos en Argentina ni igualamos la tarea histórica de los venezolanos. Sabemos, sin embargo, que algo similar nos espera, una singularidad en la que por fin seremos dueños de la transformación deseada. Mientras tanto, al grafómano conservador le vendría muy bien dedicar siquiera uno de sus añitos al estudio aplicado de los movimientos populares en Colombia.

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