Notice: Undefined index: hasmaporder in /home/prometeo/public_html/movimientoculturalporlapaz/leftcol.php on line 42
     
 
 

La Guerra en Colombia:
Una Reflexión Desde la Larga Duración

Por Miguel Ángel Beltrán V.*

LA PERSPECTIVA DE LA LARGA DURACIÓN:

En su obra El Mediterráneo y el Mundo Mediterráneo en la Época de Felipe II, cuya primera versión fue publicada en 1949, el historiador francés Fernand Braudel nos ofrece un modelo explicativo, donde las variables espacio-tiempo adquieren una nueva dimensión que se contrapone a las visiones homogéneas, abstractas y lineales de estas dos variables. En una reflexión posterior: "Historia y Ciencias Sociales: La Larga Duración" (1958), Braudel elabora una tipología que da cuenta de las duraciones histórico-sociales de los hechos, fenómenos y procesos históricos.

Braudel identifica allí tres órdenes temporales: El de la corta duración, que está referido al tiempo acontecimental, al tiempo corto,  hecho a la "medida de los individuos, de la vida cotidiana, de nuestras ilusiones, de nuestras rápidas tomas de conciencia; el tiempo por excelencia del cronista, del periodista". Como bien lo advierte Braudel, se trata de un tiempo engañoso, que no da cuenta del verdadero  "espesor de la historia"[1]. El de la mediana duración que se ajusta con la temporalidad de la coyuntura, de las oscilaciones cíclicas y que puede enmarcarse en una decena de años, un cuarto de siglo o más. Se corresponde así con la historia económica y social, pero no se limita a ella solamente. Hay, también coyunturas políticas, culturales, institucionales y religiosas. El de la Larga Duración , que define temporalidades de larga permanencia, realidades estructurales "dotadas de tan larga vida que se convierten en elementos estables de una infinidad de generaciones: obstruyen la historia, la entorpecen y, por tanto, determinan su transcurrir"[2].

Esta propuesta metodológica de las temporalidades y, específicamente la de la larga duración, que nos ofrece Braudel, constituye una herramienta útil para encarar el problema de la guerra en Colombia.  Esta perspectiva no se puede reducir simplemente a corroborar su persistencia por un largo período de  tiempo que cubre  varias décadas y que hunde sus raíces en la historia misma del siglo XIX. Es necesario identificar ese conjunto de arquetipos, estructuras o realidades que dentro de la historia del país han sido decisivamente operantes y efectivamente determinantes de los procesos históricos más generales. La tarea del analista social consiste entonces en develar esas arquitecturas lentas en constituirse y en modificarse, colocando de presente esa real y concreta operatividad histórica ejercida dentro de las distintas curvas evolutivas de la historia.

Bajo esta mirada señalarse que, como hace cien años, Colombia ha iniciado el nuevo siglo con un conflicto armado interno que lejos de resolverse pareciera profundizarse aún más. No obstante,  a diferencia de la guerra que a principios del siglo XX envolvió al país y que enfrentó a conservadores y liberales excluidos del poder por años[3], el conflicto que hoy vive el país ha sufrido sustanciales transformaciones que tienen que ver con las formas de desenvolvimiento de la violencia, sus móviles, sus recursos, sus estrategias, el ejercicio de la política misma y, en general, las identidades que estas acciones armadas  promueven entre la ciudadanía.

En contraste con la confrontación bipolar que caracterizó la “Guerra de los Mil Días” en el actual conflicto colombiano se pueden identificar actores organizados con fines y estrategias para el logro de sus objetivos, como las guerrillas, los paramilitares, los narcotraficantes y, junto a ellos, otros agentes que desarrollan una violencia desorganizada asociada con la violencia social, barrial, cotidiana, difusa[4]. Esta última  facilita y amplia la violencia organizada gracias a los apoyos, las facilidades y los entrecruzamientos que se dan entre una y otra. Lo cual significa que en Colombia, cada vez se hace más difícil establecer fronteras claras "entre la violencia política y aquella que no lo es"[5].

Estas complejidades de la realidad política y social del país, han llevado a muchos estudiosos del fenómeno a negar el carácter político y social de la confrontación interna que vive el país: de tal modo que expresiones como “guerra sin política”, “degradación del conflicto”, “guerra contra la población civil” son  recurrentemente utilizadas por los analistas de la situación colombiana para caracterizar el actual conflicto armado.

Sin negar las transformaciones reales que ha sufrido el conflicto colombiano en el último período,  mi interés en este artículo es señalar como la guerra que vive hoy el país, mantiene un carácter  eminentemente político y, a partir de esta definición, delinear el nuevo escenario en que ella viene librándose, a partir de la elección del actual presidente Alvaro Uribe Vélez (2002-2006).

¿UNA GUERRA DEGRADADA?

En la última década hemos asistido a un incremento de los conflictos armados  en el mundo. La ilusión de que el fin de la guerra fría vendría acompañado de la construcción de un nuevo orden político y con el la garantía de una paz universal, muy pronto se desvaneció: en su escaso lustro de existencia el nuevo siglo ha sido testigo de las atrocidades que acompañaron la agresión de Estados Unidos y sus aliados a Afganistán y más recientemente a Irak, bajo el pretexto de la lucha global contra el terrorismo, en tanto otros conflictos como el palestino-israelí se recrudecen.

Paralelo a estas guerras, pero sin sustraerse a este contexto internacional, desde los años noventas los "conflictos internos" lejos de cesar se han agudizado. Los reclamos de autonomía iniciados en Kosovo que conllevaron a la disolución de buena parte de Yugoslavia y la división de Bosnia, así como el desarrollo del conflicto Ruso-Chechenio constituyen una expresión de este fenómeno. En América Latina, tras las expectativas de paz que generaron, a finales de los años ochentas y comienzos de los noventas, los procesos de negociación entre la insurgencia armada y el Estado en Guatemala, Salvador y Colombia, el continente vio emerger en 1994 el conflicto Zapatista y agudizarse la confrontación armada y social en nuestro país.

Algunos analistas de estas guerras han llamado la atención sobre los rasgos "novedosos" que han  asumido estos conflictos en la "era poscomunista". En su reciente libro traducido al español con el sugestivo título "Las Nuevas Guerras. Violencia organizada en la era global" Mary Kaldor argumenta en favor de esta tesis. Para la investigadora de la London School of Economics, luego de la caída del muro de Berlín, en el mundo  se ha generalizado un nuevo tipo de guerra donde las identidades particularistas parecen prevalecer sobre las tradicionales divisiones ideológicas o territoriales[6].

Así mismo, señala Kaldor que el combate convencional y regulado por la normatividad internacional que habría caracterizado las "viejas guerras" ha sido sustituido por las tácticas de terror y de miedo que encuentran sus principales víctimas en la población civil. Los métodos de la guerras nuevas privilegiarían técnicas militares que ocasionan crímenes en masa y desplazamientos forzados. De este modo, las  guerras actuales carecen de un gran apoyo popular y, más aun, están poco interesadas en lograrlo. Finalmente, Kaldor destaca la economía de las nuevas guerras basada ya no en recursos propios, sino en una gestión que pasa por el saqueo, la depredación y  su inserción en los circuitos internacionales del tráfico ilegal y del mercado negro.

A primera vista, este modelo de análisis podría tener validez para el caso colombiano. En una reciente investigación realizada por los sociólogos Jaime Nieto y Luis Javier Robledo, los autores, tras un juicioso análisis de la relación guerra y política en Colombia a lo largo de los siglos XIX y XX,  arriban a conclusiones muy similares a las esbozadas por Mary Kaldor para Àfrica y Europa del Este. Nieto y Robledo llaman la  atención sobre la “bandolerización y degradación de la guerra" en el país y la asocian fundamentalmente a “la vinculación de las guerrillas al negocio del narcotráfico, así como a la utilización sistemática y profusa de formas depredadoras y extorsivas de financiamiento de la guerra, como el secuestro y la 'vacuna'”[7].

Esta tesis sobre la “degradación y descomposición del conflicto armado” han sido desarrollada con algunos matices, por otros autores que generalmente la acompañan de afirmaciones acerca de la pérdida de legitimidad del proyecto insurgente, por la ausencia creciente de un discurso político pero, sobre todo, por los efectos de su accionar militarista sobre la población civil. Situación que se expresaría en el uso recurrente de armas no convencionales como los cilindros bomba, los ataques a la infraestructura económica del país y el asesinato selectivo y/o las masacres contra la población civil[8].

Desde una perspectiva diferente, el analista político Fermín González -sin negar como lo hacen otros autores el carácter político de la insurgencia armada colombiana- vincula el debate de la guerra con la autonomía de las organizaciones sociales y destaca como un elemento nuevo del conflicto, el cuestionamiento a las guerrillas colombianas, particularmente las FARC y ELN, por parte de  "muchas organizaciones sociales y ONGs nacionales e internacionales, apoyados en una secuencia de errores relacionados con la afectación de la autonomía de las organizaciones sociales.  Errores que en el pasado fueron explicados como incidentales, producto de fallas humanas que no lograban desdibujar el objetivo fundamental de su lucha. Sin embargo, el problema se ha escalado y se vuelven la principal arma del enemigo y la principal dificultad para insertarse en el movimiento de masas, sobre todo urbano"[9]

Sin entrar a confrontar directamente los planteamientos esbozados por Mary Kaldor[10], debe señalarse que en el caso colombiano, las tesis arriba formuladas llevan la consideración -no explícita pero fundamental en la argumentación- de que en la historia pasada,  la guerra  transitó por los canales de un conflicto civilizado, "no degradado", donde los actores armados guardaban una mayor consideración por la población civil. Incluso, un estudioso de las guerras civiles del siglo XIX como Fernán González habla de los "generales-caballeros"  y de los "pactos de caballeros" entre jefes regionales para evocar así la naturaleza "caballeresca" del conflicto decimonónico.

Hay en estas interpretaciones del conflicto colombiano una cierta idealización de las guerras civiles que, sin duda, nos ha venido de la mano, a través de las evocaciones garciamarquianas sobre las contiendas civiles del s.XIX,  y de los relatos del coronel Aureliano Buendía.  Sin embargo, nada más lejano de esta visión idílica de la realidad.  Describiendo el vandalismo y las depredaciones que dejaban los conflictos armados en el siglo XIX, anota el historiador Tirado Mejía que “El paso de los ejércitos era el peor flagelo que podía caer sobre la población. Los campesinos eran reclutados; sus víveres, aves y ganados expropiados”. Frecuentemente la toma de las ciudades era seguida de saqueo -por parte de los alzados en armas: "nuestras tropas -escribe un guerrillero liberal- cometieron robos dignos de mayor vituperio, pues materialmente saquearon la población"[11].  Otro tanto puede decirse de la relación entre economía y guerra. El lucro económico constituyó una de las causas frecuentes de las guerras civiles, lo cual explicar “por qué algunas se prolongaban cuando había elementos militares para decidirlas”[12].

Por su parte, el sociólogo Carlos Eduardo Jaramillo en su documentada investigación sobre Los Guerrilleros del Novecientos, la cual se ocupa de los aspectos estructurales de la guerra de los Mil Días, se refiere  a temas como las donaciones forzosas (hoy llamadas “vacunas”). Al respecto a las cuales escribe:

"En la aplicación de esta fórmula para conseguir recursos, compitieron tanto liberales como conservadores, y fue la fuente más importantes de ingresos para la guerrilla. La Justificación de ambos contendientes a tal expoliación disfrazada se basó en el argumento de que sobre el enemigo debería hacerse recaer la responsabilidad del mantenimiento de la guerra”.

“Con base en esta argumentación se emplearon mecanismos como la expropiación de bienes - que cubría desde dinero, cosechas, bestias, aperos y ganados, hasta ropa y utensilios de cocina-, la toma de rehenes y el establecimiento de medidas impositivas".

"Cuando la guerrilla tomaba un prisionero o retenía personas, ya fueran civiles u oficiales gobiernistas, sólo existían dos fórmulas para recuperar la libertad: se pagaba en dinero o en especie, o se hacía una promesa bajo palabra de caballero. La primera producía rendimientos económicos en tanto que la segunda apuntaba a generar efectos políticos y militares. La correspondiente al pago era sencilla: se pagaba por la libertad cuando el conservador no era muy conocido  o no tenía cuentas pendientes con ninguno de los miembros de la guerrilla; o se pagaba por conservar la vida cuando sucedía lo contrario. La práctica de esta última modalidad llevó a extremos como tener que pagar por una muerte piadosa, en los casos en que la víctima tenía que comprar la bala con que se le dispararía, para evitar una muerte gratuita con puñales o machetes"[13].

Frente a estas evidencias, podría argumentarse que las normas jurídicas para regularizar los conflictos internos es una construcción, que se materializa en la segunda mitad del siglo XX. No obstante, si nos referimos a la guerra que se libró en los años cincuentas, existen testimonios de excombatientes como Franco Isaza, quien señala las sangrientas acciones contra los conservadores que realizaban los líderes de la insurrección armada liberal como Eliseo Velásquez: “Ese Velásquez -escribe Franco Isaza- que encarnó en un momento la reacción popular, y bajo cuyo nombre se hicieron los primeros, dolorosos y dramáticos intentos de lucha, era un patán. La otra cara de la medalla liberal; por una, entrega, prudencia, legalismo; por otra, venganza, muerte y saqueo. En el subconsciente de cada liberal había nacido un Eliseo Velásquez que no quería saber de razones, cálculos, ni de nada, como no fuera gritar, maldecir, destruir y matar. A medida que la violencia y los métodos fríos y despiadados de los chulavitas crecían en intensidad, la consigna de Velásquez no era sino ‘muerte y reacción’”[14]. El mismo partido liberal que a finales de los años cuarentas habían estimulado la formación de guerrillas para hacer frente a la violencia conservadora, señalaban públicamente en 1953, a través de uno de sus jefes nacionales, que en Colombia la obra de los guerrilleros "había producido infinitos dolores y daños incalculables a miles y miles de liberales inocentes"[15].

De igual modo, para los años sesentas y setentas contamos con los relatos vivenciales del exguerrillero Jaime Arenas, quien hace públicas las actuaciones de Fabio Vásquez Castaño, uno de los líderes y fundadores del Ejército de Liberación Nacional (ELN)[16]. Testimonios más actuales como los de Álvaro Villarraga  y Nelson Plazas en relación a otras organizaciones insurgentes como el Ejército Popular de Liberación (EPL)[17], dan cuenta de conductas autoritarias similares en el interior de las filas insurgentes y en su relación con la población civil.

Lo anterior no significa que en el escenario reciente de la confrontación armada en Colombia no se hayan operado importantes transformaciones. Es necesario, sin embargo, caracterizar  el conflicto colombiano más allá de las simples evidencias y enriquecer el análisis con otras variables que coloquen de presente no sólo los efectos de un conflicto que se ha prolongado en el tiempo sino también, que identifique las diferentes modalidades de violencias, los actores en ella involucrados, las formas organizativas que asumen, así como los cambios en el contexto internacional, que han llevado a la deslegitimación de la lucha insurgente y la calificación de "terrorismo" a formas legítimas de protesta.

El entramado de violencias que se conjugan y refuerzan en el país, plantea situaciones en los que la violencia tiene un papel preponderante por su capacidad de desestructuración y generación de desorden al interior de la institucionalidad del país: Esta diversidad de violencias no permite delimitar claramente sus fronteras haciendo de la realidad política y social del país un complejo escenario de contradicciones y situaciones de hecho, ciertamente desestabilizadoras del orden social.

La violencia en el país no tiene un solo centro, un solo lugar, un solo componente o un solo actor. El uso sistemático e ilimitado de ella por parte del Estado, orientado a la criminalización de la protesta social, el exterminio de los líderes y militantes de la oposición social y política, se conjuga con otros escenarios de la realidad nacional, donde hace presencia la violencia barrial -desarrollada por milicias o por bandas delincuenciales o por grupos de justicia privada- así como las violencias de orden "difuso", delincuencial o desorganizada que generan altos índices de criminalidad delincuencial.

La  violencia en Colombia  se ha transformado en un instrumento que se utiliza por diversos sectores de la sociedad para imponer sus intereses y sus objetivos. Esta "cotidianización" ha derivado en una "banalización", por cuanto en el imaginario politico colombiano, "la violencia ha terminado por ser algo trivial, como si hubiera existido siempre en la historia nuestra, haciendo pues que los fenómenos de violencia aparezcan como connaturales y necesarios, desconociendo las especificidades y particularidades  que ofrece hoy las distintas violencias y sus manifestaciones y, sobre todo,  impidiendo que amplios sectores sociales tomen conciencia del riesgo que implica su generalización, por su capacidad disolvente del  orden social"[18]

A esta "banalización" contribuyen los medios de comunicación, las élites políticas y económicas, las propias instituciones del estado quienes desestiman y pretenden minimizar la dimensión del conflicto político armado en Colombia. Sin embargo, el avance de la guerra y de las violencias continua en una suerte de fase de "aceleración" en el que el conflicto  tiende a profundizarse y a extenderse mucho más.

La cotidianización de la conflictividad violenta en el país, y las  interacciones y lógicas estratégicas que los actores utilizan para ganar espacio dentro de la confrontación, de ningún modo significa que el conflicto haya perdido su carácter eminentemente político. En el caso de las guerrillas, éstas  continúan teniendo una finalidad y una esencia política[19], en tanto se reconoce que la estrategia de este despliegue  de fuerza corresponde a una lucha por convertirse en verdadera alternativa de poder y en cuya búsqueda ha logrado de tiempo atrás, construir una organización político-militar que cuenta con una importante base social particularmente en el campo.

Muy diferente es la naturaleza de los grupos paramilitares cuya "diferencia básica con la condición política de las guerrillas radica en que el delito de rebelión es propio de grupos que pretenden erigirse en alternativas políticas frente al Estado y a los gobiernos que lo administran. Tampoco se tipifican para los paramilitares los delitos de sedición, asonada y conspiración, ya  que lo que pretenden es complementar las graves insuficiencias del Estado en materia del monopolio de la fuerza y la justicia frente a la subversión. Y además una fuerza paraestatal o paramilitar no puede ser reconocida por el mismo Estado como su contraparte en una negociación. Fuera de ello, el carácter privado de sus intereses de defensa de la propiedad de la tierra, así se combine con pretensiones de control territorial, hace que sea muy difícil aceptar sus aspiraciones de alcanzar un estatus político regular"[20]

EL PÉNDULO DE LA PAZ Y LA
GUERRA: LOS NUEVOS ESCENARIOS

Colombia cuenta ya con un largo proceso de búsqueda de salidas negociadas al conflicto armado y social que vive desde mediados del siglo pasado[21]. Sin embargo, estas posibilidades se han frustrado bien porque los procesos exitosos de desmovilización no han estado acompañados de reformas substanciales en lo político, económico y social, bien por la convicción de sectores de la fuerza pública y del alto gobierno de que es posible ganar la guerra propiciando una derrota militar a las guerrillas.

La experiencia más reciente se remonta al proceso iniciado el 14 de octubre de 1998 cuando el recién posesionado presidente de la República, Andrés Pastrana (1998-2002) ordenó la desmilitarización de los municipios de La Uribe, Mesetas, Macarena, Vista Hermosa y San Vicente del Caguán con el fin de facilitar los diálogos entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC-EP, dando inicio a una nueva etapa de diálogo y negociación el país la cual  se prolongó hasta el 20 de febrero del 2002, cuando tras un período de crisis, el presidente Pastrana dio por terminado el proceso.

Este nuevo fracaso  puso en evidencia, una vez más,  la actitud poco clara del gobierno en relación a definir una agenda de negociación y el establecimiento de unas reglas de juego que crearan las condiciones para llegar a acuerdos concretos que pudieran materializarse en cambios efectivos que favorecieran a amplias sectores de la población colombiana.

Por otro lado, si bien las FARC-EP realizaron ingentes esfuerzos por mantener los diálogos[22], el proceso contó con la resistencia de sectores de la clase dirigente que hicieron todo lo posible para bloquear el proceso, a lo que contribuyó, sin lugar a dudas, la actitud de los medios de comunicación ocupados en distorsionar  y agrandar  las dificultades que se presentaban en la dinámica del proceso[23], todo ello basado en  la incapacidad del gobierno para articular los intereses nacionales con los internacionales y materializar los compromisos que en lo político y en lo social implicaba un diálogo con  las guerrillas[24].

Luego  del fracaso de los diálogos en el Caguán y el ascenso del presidente Álvaro Uribe Vélez a la presidencia,  en agosto del mismo año, después de una campaña facilitada por los medios de comunicación y sustentada en la idea de una lucha frontal contra la subversión, se define más claramente para el país un proyecto que tiene como eje la seguridad, basada en la pretensión de derrotar militarmente las guerrillas, la reinserción del paramilitarismo a la vida civil y por esta vía su legalización y la guerra del y en el Estado Comunitario donde la sociedad civil pierde su autonomía, para ser redefinida en términos de la relación amigo-enemigo.

En este sentido, el presidente Uribe adopta una serie de medidas que dan cuerpo a su política de "seguridad democrática", entre otras, la declaratoria del estado de conmoción interior que desde la constitución de 1991 sustituyó el estado de sitio, la creación de un presupuesto adicional para la guerra a través del impuesto del 1.2% sobre el patrimonio; el reclutamiento de los soldados campesinos para reforzar la seguridad en sus regiones de origen; la conformación de una red de un millón de informantes encargada de realizar tareas de inteligencia, el establecimiento de zonas de rehabilitación, la creación de nuevas brigadas móviles y grupos de antiterrorismo urbano, así como el establecimiento de recompensas y estímulos a la deserción de combatientes ilegales[25].

Los alcances de estas política han significado un desmedido incremento en los gastos militares, ahondando la crisis fiscal del país y el fenómeno de la corrupción que se da al interior de las FF.AA; un fracaso del gobierno en su intento por recuperar aquellas zonas llamadas de "Rehabilitación" y donde la guerrilla ha tenido una gran influencia, agudizando aún más el conflicto armado (vb.gr. Arauca y Bolívar); Una sistemática violación a los derechos humanos, de centenares de personas que han sido judicializadas como cómplices o auxiliadoras de la guerrilla, sin que se respeten las más mínimas garantías procesales, y de presunción de inocencia.  Esta situación ha sido corroborada por el informe del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, presentado el 10 de marzo de 2004, donde se señala un incremento en las "denuncias de violaciones con responsabilidad directa de los servidores públicos (...) de denuncias de detenciones arbitrarias o ilegales, de desapariciones forzadas, de ejecuciones extrajudiciales, de violaciones al debido proceso y a la intimidad"[26].

Paralelo a ello está la permanente invocación que el gobierno nacional y grupos de poder hacen para que intervenga en nuestro conflicto interno el gobierno de los Estados Unidos. Hecho que ha ido cobrando, cada vez más fuerza por las ayudas militares en hombres, equipos y  recursos económicos que el gobierno de este país, provee a la fuerza pública en Colombia.[27].  El riesgo de esta intromisión en los asuntos internos -avalada por el gobierno  nacional- es la posibilidad de extensión  del conflicto a otras regiones de América Latina y la internacionalización del conflicto, que encuentra su puntal en los esfuerzos de la diplomacia colombiana entre naciones y organismos internacionales (Comunidad Económica Europea, ONU) para buscar apoyo a la política que se está desarrollando en Colombia.

Sin duda, esto puede poner en riesgo la seguridad y estabilidad de algunos países vecinos, pues es previsible que los intereses de Washington consistan en aprovechar el conflicto interno colombiano, para establecer una política de  desestabilización a gobiernos vecinos que como en el caso del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se convierte en una amenaza para los intereses norteamericanos. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que un eventual triunfo del candidato Demócrata a la presidencia de los Estados Unidos John Kerry en los próximos comicios electorales, podría significar  variaciones en el tratamiento político a estos conflictos, en cuanto Uribe Vélez ya no contaría con el apoyo de Bush, principal aliado internacional en su estrategia de seguridad, y a quien dio su respaldo para agredir militarmente a Irak, en contravía de vastos sectores de la opinión pública mundial que expresaron su repudio a la guerra.

Pero si en el campo de la "seguridad democrática" Uribe no ha podido ofrecer resultados claros, mucho menos puede decirse de su iniciativa de introducir una serie de cambios fiscales descargando la crisis sobre los sectores económicamente menos favorecidos de la población, por la vía del referendo. El naufragio de éste en las urnas junto con el nuevo mapa electoral que dejaron los pasados comicios para la elección de alcaldes, concejales y gobernadores[28], significó un duro golpe a la euforia triunfalista del presidente[29].Desde entonces sus esfuerzos se han orientado, con mejor éxito, a la aprobación del proyecto de reelección presidencial.

En esta perspectiva electoral el presidente Uribe se ha dedicado en los últimos meses a mostrar resultados tangibles que puedan servir de puntales para su eventual reelección. Por un lado en relación con el paramilitarismo, el gobierno ha impulsado la llamada "ley de alternatividad penal"[30] con la cual se pretende dar viabilidad a la desmovilización de los grupos de autodefensas y garantizar el beneficio de suspensión de la pena, bajo ciertas condiciones que suponen: "cese  de hostilidades del grupo armado –a menos que se trate de entrega individual–; dejación de las armas; compromiso expreso de no regresar a las filas; cumplimiento de una pena alternativa a la prisión; realización de actos de reparación a las víctimas; y el compromiso de no cometer en adelante delito doloso"[31].

Tras estos acuerdos previos, el gobierno ha abierto conversaciones con las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), ahora concentradas en una zona de Santa Fe de Ralito (Córdoba), con el objeto de promover su desmovilizaciòn y la reinserción de sus estructuras militares, sin que todavía sean claras las reglas en el proceso de negociación que adelanta[32] lo cual ha merecido la descalificación  del mismo embajador de los Estados Unidos en Colombia, William Wood, quien considera que la negociación en curso lejos de favorecer la paz, resulta útil a los  intereses del narcotraficantes, pues existe una identidad entre éstos y los jefes paramilitares, lo que le resta credibilidad a la negociación[33].

Las afirmaciones del embajador Wood es un reconocimiento tardío de una verdad, de todos conocida en el país, respecto a que los paramilitares - como estrategia del mismo Estado para adelantar la guerra sucia contra las organizaciones populares- ha realizado, desde mediados de los ochentas, estrechas alianzas con el negocio del narcotráfico no sólo a través de fenómenos de corrupción política sino, también  por  el estímulo a actividades como el narcoterrorismo y la financiación de la guerra contrainsurgente. De allí que pueda afirmarse que el narcotráfico constituye el escenario que caracteriza más adecuadamente la coyuntura de violencia contemporánea[34].

Por otro lado con el actor guerrilla, el presidente Uribe ha propiciado una doble estrategia,  facilitando algunos acercamientos con el Ejército de Liberación Nacional (ELN), para lo cual permitió  que el líder de esta agrupación insurgente, Francisco Galán, abandonara la cárcel de máxima seguridad con el objeto de asistir a un encuentro destinado a iniciar diálogos de paz, contando con los buenos oficios del gobierno Mexicano. Paralelamente, contra las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP) -primera organización guerrillera del país- desarrolla el "Plan Patriota", contando con la asesoría de los EU, y que según algunas versiones de prensa compromete a 17 mil soldados en una extensa área que cubre un amplio territorio del sur del país, todo ello con el objeto de arrebatarle la influencia política y militar que tradicionalmente ha ejercido esta organización insurgente en dicha zona.

Hasta el momento, ninguna de estas dos estrategias resultan claras: en reciente comunicado, el comando central del ELN ha supeditado los diálogos a que el gobierno adopte una serie de medidas como el intercambio humanitario, la tregua bilateral y una amnistía general. Por otro lado, no se conocen suficientemente los logros militares del Plan Patriota. Contraria-mente, si nos atenemos a la información suministrada por los mismos insurgentes, estaríamos hablando de un fracaso militar[35] que pondría nuevamente en evidencia la inviabilidad de una derrota militar de la insurgencia.

En lo que respecta a la resistencia civil, cobra importancia la reconfiguración de nuevos sujetos sociales a través de los pobladores, como el expresado en el municipio de San Pablo (Departamento de Bolívar), donde el asesinato de un comerciante a mano de las autodefensas generó un levantamiento popular que derivó en ataques a la fuerza pública, denunciando la connivencia entre ejército, policía y paramilitares. De igual modo la movilización generada en contra de la instalación del "peajito social" en el municipio de Copacabana (Antioquia), constituye un evento importante en este proceso de movilización de la sociedad civil.

En estas condiciones, la reelección presidencial está perfilando un panorama de obligatoria unidad de las fuerzas democráticas, en la cual será central la campaña presidencial donde por primera vez un candidato con una amplia agenda social, como Carlos Gaviria -actual senador y presidente del Frente Social y Político- pueda encabezar una oposición de convergencia democrática, que cambie el panorama político del país y abra las puertas para reales voluntades de paz desde la expresión política de la sociedad civil.


EL DOLOR Y LA REFLEXIÓN SIN INTOLERANCIAS

Esta ha sido una semana de obligatoria reflexión sobre la realidad política y social  Colombiana. En el ámbito de los intelectuales, poetas y artistas, el encuentro Nacional de Arte y Poesía por la Paz de Colombia de manera premonitoria a tan duros sucesos, había propiciado ya un debate sobre el papel de los intelectuales y la situación de guerra generalizada que vive el país.

La Carta de los Intelectuales por la Paz de Colombia,  surgida del consenso, de todos los que participaron y aportaron a su elaboración, ha sido acogida como un esfuerzo valido por más de 600 intelectuales y poetas del país y del mundo. Sin embrago, que una carta surja del consenso de un grupo, no determina que ella sea recibida de forma unánime por todos los hombres y mujeres pensantes de este país, al contrario lo que buscaba el encuentro era precisamente generar este debate, donde por supuesto hay y debe haber divergencias y coincidencias.

La carta ha sido criticada por algunos, los que no se constituyen de ninguna manera en enemigos de la carta y del esfuerzo hecho en Medellín, cito el caso de Oscar Collazos, quien ha sabido situarse en el campo de la argumentación y la critica, marcando con altura su posición política e ideológica, no sobrepasando el límite de la soberbia y la chabacanería y llenando de contenido el necesario debate. Claro que hay diferencias y sesgos, Oscar Collazos las tiene. Y muchas. Por ejemplo, no se puede pedir lo mismo a las derechas que a las izquierdas, por dos cosas obvias y claras, entre otras: Primera, son dos proyectos totalmente diferentes, dos visiones del mundo que se contraponen, y segundo, por que aunque la izquierda ha cometido errores, al menos en Colombia, el sistema de exclusión política, que hoy expresa el presidente Uribe, no le ha permitido hacer el ejercicio de ser gobierno y estado.   

Por otro lado, cito el caso de Eduardo Escobar, quien no aporta nada nuevo a la reflexión, se queda en el  tristemente celebre cirilí contra la izquierda, y equivoca el centro del debate, que es la pregunta por lo que hacemos como intelectuales, poetas y artistas por la paz de esta adolorida nación. Eduardo Escobar cae en lo que mismo que critica, queriendo fusilar con palabras a todo aquel que osa levantar su voz contra el establecimiento, siendo intolerante y soberbio  con las opiniones del otro.

Señor Eduardo, no es esta una carta desde la izquierda aunque algunos de los que participamos allí si somos, (tenemos el derecho), y aunque algunos no lo sean (tienen su derecho), no es esta una carta de convite a la revolución a la cual parece  que le temen  tanto los nadaistas, y no es esta señor Eduardo, una carta de revisión de errores de la izquierda, los cuales por otra parte, ha sido suficientemente reconocidos. Quien insiste en un tipo de debate como este no deja de ser un dinosaurio.

Y el caso de Harold Alvarado Tenorio, quién aprovechando vilmente la tragedia de los 11 diputados retenidos por las FARC, aprovechándose del dolor de los familiares, con el cual se ha desatado un chovinismo malsano alrededor del gobierno, expresa su rabia y su maledicencia contra el Festival Internacional de Poesía de Medellín. Este si que está fuera de foco, este si que lapidariamente señala a intelectuales como Fernando Rendón, relacionándolo con la tragedia de los 11 diputados. Mala intensión, mentalidad dañina, sevicia, es lo que destila el señor Alvarado. Es asesino aquel que aprieta el gatillo como el aquel que señala el objetivo militar.

Y ante a los últimos hechos trágicos y dolorosos que cobró la vida de los 11 diputados del Valle, la carta retoma su vigencia y acierta en el llamado, en el sentimiento que expresa su viva escritura, hoy aún más, seguimos  Indignados y dolidos por la guerra que arrasa al país, reiteramos e insistimos en que  si los ejércitos en pugna quieren la paz, que detengan el fuego y acepten un diálogo honesto, de cara al país y a la comunidad internacional. 

Deseamos que el país se mueva, que se manifieste desde la fábrica, la oficina, la casa, la escuela, la calle y el campo. Y ponemos a disposición toda nuestra capacidad de pensamiento y creación para construir caminos que nos permitan superar estos tiempos de barbarie. Sabemos que es posible.

Este es el centro del debate.

Inicio Noticias Comunicados Artículos Debate Galería
Contáctenos