Reflexiones en
torno a la paz
Por Antonio Mora Vélez
En una reciente reunión de
intelectuales y escritores colombianos, convocada para escuchar lecturas de
cuentos, poemas y ponencias magistrales sobre la paz, se concluyó con una
declaración que muestra la indignación de los firmantes con los crímenes del
paramilitarismo y del estado pero nada se dice de los crímenes cometidos por
los grupos guerrilleros. Al conocer el borrador de la declaración, le hice
saber a algunos de los asistentes al encuentro que no la firmaría porque no
compartía su redacción sesgada y polarizante y porque más parecía una
declaración política que un llamado de los intelectuales al acuerdo humanitario
para liberar a los secuestrados y a la paz negociada del conflicto. "Ni
siquiera en una asamblea del Polo Democrático Alternativo sería aprobada esa
declaración", les dije a esos amigos en una mesa del restaurante del
hotel. Su texto restaba y dividía en lugar de sumar.
Aunque muchos escritores e
intelectuales importantes que nada tienen de subversivos, la firmaron, yo no lo
hice porque he llegado a la convicción de que el papel de los intelectuales en
situaciones de conflicto como la nuestra es el de ser mediadores para buscar
soluciones negociadas. El de anteponer los valores del humanismo a los
intereses particulares de las ideologías. El de ser objetivos en la crítica y
no divulgadores de verdades establecidas en los comités de partido. El de ser
enemigos de la guerra y del crimen como fórmula de solución de las diferencias.
El de sentir el dolor de las víctimas y los deseos de paz de la mayoría de los
colombianos. Y guardar distancia de las partes beligerantes para tener
autoridad moral para criticar o apoyar algunas de sus actuaciones y posiciones.
Con esas convicciones me atrevo a
decir que la experiencia de más de cuarenta años de guerra es un argumento más
que contundente a favor de la tesis de que no es posible una solución
revolucionaria por ese medio y menos con procedimientos como el secuestro y
asesinato de civiles, que son rechazados por la población y por amplios
sectores de la izquierda democrática. Pero el hecho de que el gobierno no haya
podido doblegar a la insurgencia armada indica que tampoco él puede imponer a
perpetuidad un sistema que no ha resuelto los problemas sociales y políticos
que le dieron origen a esa insurgencia y menos con medidas laborales lesivas
para el pueblo y con la comprobada connivencia de funcionarios públicos con
grupos armados de extrema derecha. En mi modesta opinión no veo solución a la
guerra y al problema social en el enfrentamiento de los extremismos de
izquierda y de derecha, ni en el poder político de ninguno de los dos. Ambos
deben ceder en sus pretensiones dictatoriales y abrirle paso a una negociación
que conduzca a un nuevo estado democrático que responda a la filosofía de la Constitución del 91 y que tenga como objetivo fundamental satisfacer las necesidades básicas
de la población y promover el desarrollo independiente del país y no servir a
los particulares intereses de los mafiosos, de los violentos y de los gringos.
Para llegar a ese nuevo estado la
vía es un acuerdo nacional patriótico refrendado por una nueva Constituyente
que haga los ajustes y modificaciones a la Carta Magna en dirección a resolver los graves problemas de exclusión, intolerancia,
corrupción y pobreza de la sociedad colombiana. Un acuerdo de los colombianos
interesados en una salida pacífica y democrática, partidarios de restaurar el
estado social de derecho y la democracia participativa y que contemple la
renuncia a la guerra y al crimen como fórmulas de acceso al Poder y de
mantenimiento en él. Lo otro es embarcar al país, con la soberbia y la
intransigencia de tirios y troyanos, en una guerra interminable que va a
destruir más nuestras riquezas y a repetir hechos dolorosos como las masacres
de campesinos, el secuestro y el exterminio selectivo de colombianos. |